AL TRASLUZ
La verdad
MI HIJO EDUARDO me pidió, dado que estábamos en Barcelona, que le llevase al Camp Nou. Mi primer impulso fue el esgrimir un jamás, pero sopesé y le pagué una entrada, eso sí siempre que le llevara su hermano o su madre, que son quienes le han llevado por el camino del error, que en fútbol también hay sendas descarriadas. Por supuesto, le recé a don Santiago Bernabéu para que el niño viera la luz. El Betis le metió dos goles como dos verdades. Y ni por esas. Cuando le pregunto, digamos que una docena de veces al día, cómo quedó el partido, contesta: «Ganamos la Supercopa de España». Todo menos asumir el uno a dos. Pues en política ocurre algo parecido, lo de menos ya es la realidad, sino la interpretación de la misma, que en algunos llega a ser ya malabarismo. Creo en eso de la botella medio llena o medio vacía, pero ciertos políticos convierten esta en bodega y al burdo calimocho lo llaman Vega Sicilia. Todo es relativo, pero no relativísimo. Mi madre cuando mi padre hacía algún sobrio comentario sobre el buen año de una señorita, de esas que sacaba Lazarov, sentenciaba: «Pero si está gorda y bizquea». Mi padre asentía, a ver. Pero la señorita en cuestión, dicho en castizo, tenía como mínimo un soneto y medio. Una cosa es el derecho a discrepar y otra es echarle inventiva. Ocurre lo mismo con cierto periodismo, donde las diferencias en la plasmación de un mismo hecho superan los límites de la subjetividad o del posicionamiento ideológico para caer en el surrealismo. La verdad tiene matices... pero no tantos. El Betis ganó. Pues eso...