BURRO AMENAZADO
Grillos
LOS CRI-CRI ESTRIDENTES que llenaban de paz los crepúsculos de primavera han dado paso al funeral de los grillos, muertos en julio tras copular y dejar su puesta en el suelo del pastizal. Esta defunción también afecta a los individuos mantenidos en grillera, por muy buena lechuga y mimos que les ofrezcamos. Ahora, con dotes de observación, pueden localizarse grillitos recién nacidos, pequeñas ninfas que, al llegar el otoño, se meterán bajo tierra en galerías con forma de dedo esperando el esplendor de la hierba. El año que viene, el negro macho con su marca dorsal amarilla se dedicará al canturreo, método de atraer a la hembra, estridulación que ejecuta al frotar el borde inferior dentado del ala rígida derecha con la de la izquierda. El grillo de campo ( gryllus campestris en referencia científica ) a pesar de su aspecto pobretón es un indicador de calidad natural del espacio rural, que afina el pasto y entra como víctima en la dieta de numerosos animales, desde el zorro y el tejón a cernícalos, aguiluchos y busardos. Abunda en los herbazales de León, tierra en la que abundan grillados de dos patas, no de seis como nuestro protagonista, dedicados en estío a prender el monte, fauna hijoputa a la que deseo su propio achicharramiento en la fogata. Este paisano cantarín, aunque parezca mentira, está en peligro de extinción en Inglaterra, donde sobrevive un censo del centenar de grillos en unas colinas del sur de la isla. Machacado su hábitat por la intensificación agrícola y el cambio del prado natural en céspedes plantados, el canto del grillo es ya argumento antiguo de Shakespeare que desataba el celo de los enamorados. A la vista del desastre, este año la Sociedad Zoológica de Londres ha soltado nada menos que setecientos ejemplares en Sussex y la isla de Wight para intentar que el musical insecto no se extinga. Ahora que voy a guardar la caña y hago balance de la temporada de pesca, observo que las truchas de León llevan el camino decadente del pobre grillo campestre de Inglaterra.