EN EL FILO
Política y teatro
LOS ESPAÑOLES estamos viviendo con una intensidad especial nuestro propensión a interpretar la política como si se tratara de una gran representación teatral. No es ciertamente algo nuevo, pero sí es muy acusado este rasgo de nuestra forma de ser colectiva. Si somos capaces de desdoblarnos podemos comprobar con motivo de las discusiones sobre los estatutos hasta qué punto podemos llegar a tomar la política con una gran distancia. Como si se tratara de un espectáculo que no nos afectara muy directamente. Por ejemplo, nadie cree que ERC hable en serio cuando amenaza con retirar su apoyo al Gobierno central si los socialistas catalanes no secundan su proyecto. Los ciudadanos prefieren ver en Carod-Rovira y los suyos gentes que juegan con la política, que teatralizan. Tampoco nadie se toma en serio las advertencias de Rodríguez Ibarra en el sentido de que no tolerará un estatuto catalán con visos de inconstitucionalidad. Así pues se trataría de alguien que ha salido a las tablas para desempeñar el papel que le ha correspondido en el reparto. El cruce de reproches entre José Blanco y Joaquim Nadal, portavoz del PSC, parece tener algo más de verosimilitud, pero enseguida se comprueba que la sangre no llega al río. Hay, sin embargo, algo que no es ficción y que va a ser realidad pura y dura. Me refiero a los nuevos estatutos. Pero esto es lo que no se quiere ver y por eso se mezcla con los debates que los rodean. Los ciudadanos prefieren quedarse en estos antes que enfrentarse a la nueva realidad del Estado que aquellos van a definir. Toda la vida política española ha tenido un aire de gran representación teatral desde los comienzos de la democracia hasta hoy. De hecho, se vendió una transición que no tuvo nada que ver con el milagro en que se la convirtió. En realidad, la transición estaba resuelta prácticamente desde la Ley de la Reforma Política pero, en todo caso, fue un hecho colectivo de gran envergadura y de carácter positivo. Sin embargo, esta historia de los estatutos resulta inquietante y aunque se presente como una conquista para las comunidades -para alguna- se hace en detrimento del Estado no sólo en la medida de que este se queda en cuadro, sino que puede llegar a resultar de un funcionamiento imposible. No es representación teatral lo que estamos viviendo, sino dura realidad. La verdad es que al final de lo que entendemos como función el Estado se nos va a quedar entre los dedos. Y ya será tarde. Para entonces estaremos ya en otra función. Lo nuestro, lo español, es la explicación de la vida como El gran teatro del mundo . Sólo que, a veces, el género que nos toca es la tragedia o el drama, y entonces el escenario se puebla de muertes o se llena de dolor. Parece que ese es el único remedio para que el español decida pasar del teatro a la vida.