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FEDERICO ABASCAL
León

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LA NATURALEZA parece distribuir las tragedias que produce con una doble intención: denunciar las desigualdades socioeconómicas, al sufrir las clases menos favorecidas más intensamente los efectos de las catástrofes naturales, y subrayar en algún caso el grado de perversidad que puede alcanzar la condición humana. En Luisiana, los ejemplos humanos de perversidad trazan una interrogación en cierto modo acongojante en la imagen de Estados Unidos. Parece como si los guetos urbanos de Nueva Orleans hubieran liberado en la tragedia del huracán Katrina toda la acumulación de violencia delictiva, incluída la sexual, que almacenaban. O como si del vecindario más escrupuloso hubiera surgido una improvisada capacidad para la extorsión y la rapiña. Esto sería la dimensión moral de la catástrofe; la inmensa superficie anegada por las aguas del Golfo de México han ocasionado un número aún impreciso de muertos y daños materiales que tardarán meses en calcularse, y años en verse remediados, si es que no se decide destinar las zonas más bajas de Nueva Orleans a ruinas que sirvan para recordar la devastación del huracán Katrina . En estas circunstancias el mundo es solidario. El Gobierno español ofreció su ayuda al norteamericano desde el primer momento, así como la UE, cuyo representante internacional Javier Solana anunció ayer que Bruselas estaba dispuesta a enviar a Estados Unidos crudo refinado, ante la destrucción de varias refinerías a orillas del Golfo, así como de muchos pozos. El petróleo, esa sangre que circula por las arterias asfaltadas del mundo desarrollado, ya empezaba a escasear en algunas gasolineras de USA o tal vez el miedo de los consumidores a la escasez formaba las primeras colas ante los surtidores, imagen que preludiaba una situación de emergencia. Se critica lógicamente a la Administración Bush de lentitud en la reacción, de imprevisión ante la llegada de un huracán, cuya dirección y velocidad de crucero se conocían anticipadamente, de escasez de medios materiales y humanos..., y hasta de haber destinado fondos para el fortalecimiento de los diques a otros capítulos presupuestarios. Todas las críticas son justas cuando la dimensión de una tragedia ocupa hasta el terreno que normalmente se destina al análisis político, y más en ese caso, que podía leerse con antelación suficiente en el guión telúrico de las catástrofes. Pero no estaba grabado en el guión consciente de la sociedad norteamericana, como están grabados los terremotos de San Francisco, ante los que el país siempre ha reaccionado ejemplarmente. Y es que el huracán Katrina habría sido demasiado fuerte para la fortaleza inmensa de Estados Unidos. Al verse sacudida y anegada Luisiana por un soplido furibundo de la Naturaleza, tanto desde Washington como desde Nueva Orleans se ha actuado bajo el signo de la impotencia. Tardará posiblemente la sociedad norteamericana en aprender esta lección de humildad que el bramido del viento le ha enseñado. Y habría de meditar en sí misma para descubrir o simplemente constatar las razones por las que unos ciudadanos se improvisan en mafias, imponiendo su autoridad criminal donde la autoridad legal no aparecía.

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