TRIBUNA
Evidencias acreditativas de un político
AUTENTICIDAD, personalidad y humildad. La gallardía auténtica del ser humano, es el mayor y verdadero valor que le puntúa, le trasciende y en realidad le define. El hombre como ser racional, y en cuanto tal, es persona. Como personas, pura y simplemente somos, y en cuanto somos, y suficientemente con eso, nos definimos. Pero la personalidad nos delimita, nos circunscribe y nos individualiza. Con frecuencia conferimos y atribuimos grandes cualidades, o personalidad, a aquellos que en momento determinado ostentan u ostentamos, poder, mando, jurisdicción, fama o predicamento. Pero para comprobar la verdad o falsedad de estos calificativos nos bastaría con acercarnos a esos personajes, reales o idealizados, y nos encontraremos siempre, pero siempre, que esos grandes hombres son pura y simplemente hombres. Desde esta perspectiva tenemos la necesidad de ser humildes, dando vida a la definición que de la humildad nos da el Diccionario: «virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento». Este tiene que ser el punto de arranque para todo buen político que quiera serlo de verdad. Pero a los hombres de postín social, con frecuencia les atontan las sonrisas y aplausos de los mirones, los calculadores y curiosos, relativamente educados y públicamente respetuosos. La gloria es un veneno que hay que tomar con precaución y en pequeñas dosis. Los políticos, para no dejarse avasallar por tales pamplineros, pegajosos y aduladores, deberían embozarse en la manta impermeable de su identidad, bien seguros, de que en la sociedad, incluidos ellos, los tontos somos mayoría. Es inevitable que en un pueblo haya tontos. Pero que los tontos lleguen a mandar es desastroso. Pues el tonto nunca se repone de un éxito. Ni siquiera pone en duda la posibilidad de equivocarse. El político debe tener siempre presente que puede equivocarse. Y en consecuencia lógica cuando se equivoca debe estar siempre dispuesto a disculparse y rectificar. Pero cuando tenga razón y éxito no se haga insoportable. Olvidándose de esto, muchos políticos soñadores, y hasta bobalicones, ingenuos seres humanos, sin personalidad, y sin cuidarse del ambiente que siempre les rodea, terminan convirtiéndose en jactanciosos, petulantes, repelentes y pintorescos acomplejados. Al hablar debemos pensar que los que nos escuchan no son tontos. Al menos, y al más, son tan inteligentes como nosotros... La verdad debe aparecer siempre incrustada en la palabra del político. Conscientes y previsores, adelantándose a los juicios críticos y justos de la sociedad. El político, antes de soltar al viento una palabra debe saber que siempre tendrá el control de la palabra no pronunciada, pero la palabra, una vez proferida, articulada o emitida pasa a pertenecer al dominio público en propiedad, y a él sólo le queda ser sufridor de las críticas a que haya dado lugar. Los decires del pueblo, y hasta el refranero, nos advierten del pensar de la galería social que califican a los cazadores y los políticos de los mayores mentirosas. Pero estos son más responsables que aquellos de sus mentiras, pues la mentira del político puede emponzoñar y trastornar la paz de la sociedad. Confucio al tratar de colocar en su lugar a los políticos y con ello definir la política, afirma que la política es un gallinero en el que cada político, amarrado a su palo sucio, cacarea hasta desgañitarse, le llena de caca y malos olores, atruena al pueblo, y nunca termina de alumbrar un solo huevo, puesto le falta la fecundidad creativa, espíritu, sacrificio y vida. Maticemos y ejemplaricemos este juicio crítico con un pasaje, tomado al vuelo, de la casuística televisiva que un día nos sorprendió a todos con su bobedad pardilla. La coordinadora, en una Mesa Redonda, dirigiéndose a un participante, ministro de turno en el Gobierno nacional, le pregunta: «sabemos por usted mismo que es católico, desearíamos saber qué opina sobre la doctrina de la Iglesia y del Santo Padre, el Papa, sobre la moralidad del divorcio, el matrimonio de los gays entre sí, el aborto y la eutanasia». Contestación: «Bueno..., soy, y me confieso católico, sin embargo no soy como otros católicos». Confesión farisaica, por la que nos califica a todos, comenzando por las jerarquías, y fieles de la Iglesia, a quienes trata de ignorantes y un tanto retrasados mentales. Con su afirmación desprecia y condena a todos, por supuesto menos a él. Pero bueno, señor ministro de hoy, y futuro don nadie de mañana, le recuerdo que esos a quienes usted trata hoy de muchas cosas, y además de ignorantes, respételos, creen en Dios, muchos, como el ciego que cree en el sol, no porque lo vea, sino porque lo siente y lo experimenta. Pero va más allá nuestro encorbatado y simplista ministro: «Yo diría a los obispos españoles, que se vayan olvidando que el brazo civil, ya no es el ejecutor de las sentencias de la Iglesia. Y que la Inquisición ya no existe». ¡Por supuesto, la misma Iglesia la abolió! Circunstancia que el buen ministro parece ignorar. ¡Opinión por supuesto que está fuera de contexto! Saca del contexto histórico una praxis universal de las sociedades de aquella época. Le atribuye a la Iglesia cristiana, de hoy todos los defectos de sociedades pasadas. Trata de retrógrada a la Iglesia que superó esas realidades siglos ha, y demuestra que solamente él y otros tales como él, no practicantes de pacotilla, están jugando al coco y a los monstruos para asustar a los infantes. Habla muy engolado con acento meloso, sonrisa sin contenido y aires prepotentes. Hasta levanta la voz trémulamente y vocifera más fuerte que los demás, por lo que demuestra que no tiene razón. Pero nunca se calla, pretende entretener al público en el umbral, para no dejarle entrar en su intimidad. Por supuesto no contesta en absoluto a la pregunta que se le formuló. Y con regodeo muy ingenuo, regaña a la Iglesia, con aires de sabelotodo, muy propio de los ignorantes que hablan de todo demostrando que no saben nada de nada. Por otra parte parece como si estuviera hablando a una madrastra cruel. Ante estos casos y personas la venganza más cruel es el desprecio de toda venganza, pues, en realidad, ni la merecen. A los políticos de hoy, de mañana y de pasadomañana, yo les diría, que hablen siempre con serenidad, con verdad, con objetividad, con sencillez, con respeto a los oyentes que no opinan como ellos, y que también tienen corazón e ideas propias, además de sentido común. Deben hablar con arte, teniendo en cuenta que el verdadero arte de la comunicación no sólo consiste en decir lo oportuno en el momento oportuno, sino en dejar de decir lo inoportuno en el momento de la oportunidad inoportuna. Tengan muy en cuenta que, el silencio de los hombres y el dolor de los pueblos es la fórmula de llegar hasta la bondad de las almas y alejar el peligro de las guerras. Para no desbarrar en la convivencia humana, armonicen la lógica de la cabeza y la del corazón, con prudencia activa, ofreciendo siempre una mano abierta, pues del puño cerrado sólo puede esperarse algún puñetazo, golpe o chasquido acre y cobarde. Siempre la mano extendida, pero sin querer forzar el abrazo amigo, y menos convertirle en pancarta politiquera. Termino este efluvio de sinceridad respetuosa y convivencia solidaria. No soy político. Voy a votar siempre que con buena voluntad se consulta al pueblo, porque lo creo mi obligación ciudadana. Nunca voto a un partido político. Intento dar mi confianza y representación a las personas que acreditan tener sentido común, ética y moral en sus palabras y hechos. Alguna vez también me he equivocado.