AL TRASLUZ
Carrillo
A MÍ no me gusta Santiago Carrillo, pero menos me gustan aún los gritos de los jóvenes extremistas que boicotearon ayer el acto de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad Autónoma. No me gusta como personaje político, siempre envuelto en brumas y en medias verdades, ya desde cuando antes de la guerra manipuló para fusionar las juventudes socialistas con las comunistas. Sin embargo, reconozco su gran labor en la Transición. Ignoro los méritos que le han encontrado, pero debieron de ser superiores a los aspectos cuestionables. Y si la investidura era una ofensa legítima para alguien, y es posible que así sea, no podía serlo para esos aprendices de matón. En una entrevista de hace unos años, Carrillo declaró no creer como político en el arrepentimiento, pues era un sentimiento cristiano y él es ateo. Puede ser una opinión coherente, pero produce escalofríos en quien fue protagonista de la Historia, de la conocida y de la silenciada. Aunque hoy me escalofrían más quienes chillaban su odio y sus vivas a Franco, pues son presente. El ex político navega hacia la nada, si sus convicciones son ciertas, mientras que a estas juveniles legiones negras les queda un largo camino. Por eso, el Parlamento debe ser siempre el foro de la discrepancia respetuosa, y más en un debate tan tenso como el del Estatut. No es suficiente con tener razón, hay que saber tenerla, hasta en la rotundidad. En fin, quizá los reventadores del acto académico y el anciano Carrillo tienen algo en común: no creen en el arrepentimiento. Qué pena. Qué miedo.