SOMOS LEGIÓN
Un mito
LA IGLESIA católica ha sido siempre críptica -de cripta-. Basta pensar que le costó varios siglos mirar de cara al respetable desde el altar y otros tantos cambiar el latín por la lengua del lugar. (Aunque, dicho sea de paso, la felicidad liberadora de aquéllos lejanos Ite misa est no la consigue, ni de lejos, un con Dios hermanos). Crípticos estuvieron los representantes del Ca bildo catedralicio durante la firma del convenio millonario que permitirá actuar sobre las vidrieras a lo largo de cuatro años. «El taller de restauración (de vidrieras) no ha existido nunca, es un mito», se dijo. Una afirmación turbadora. Sobre todo para quienes hemos transitado, paso a paso, por las salas del mito, por el seminario mítico y entre los restauradores no menos míticos que se afanaban en resucitar mortecinas grisallas y consolidar el caleidoscopio catedralicio. Enigmático, pero cierto: aquello nunca existió. Aunque para no sucumbir en la esquizofrenia, los periodistas, y hasta algunos políticos, se empeñaran en llamar a aquéllo «taller», lo cierto es que arrastra el pesado lastre de lo interruptus; nunca se consumó. Ha estado sibilina y fina la voz de la cripta. Lo cierto es que un taller de restauración de vidrieras, al menos como el que en principio se concebía y se publicitaba, merece algo más que estar al albur de la coyuntura política. Se desconoce si, al hilo de este trascendental acuerdo suscrito entre la Junta y Caja España, se conseguirá finalmente consolidar el taller como una realidad tangible, seria y duradera. Es una oportunidad de oro para hacer las cosas bien. ¿Será esto e l auténtico mito?