Diario de León
Publicado por
MIGUEL A. VARELA
León

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CARMELA HABÍA hecho teatro en blanco y negro para aquella ciudad alegre de un país triste y luego vino Cesáreo González, que ya había aprendido a decir «pinícula» antes de que los progres pusieran de moda decir «flim», y se la quiso llevar al cine pero, claro, dónde iba a ir ella, una mujer soltera, a aquel mundo de artistas de moralidad floja. Y Carmela se quedó en Ponferrada, ejerciendo primero de maestra y luego de abuela colectiva. Carmela Nieto no era fea, pero sí católica y sentimental, como el Marqués de Bradomín, y su figura formó parte hasta antes de ayer del paisaje de la Ciudad del Puente, cuando ya sus calles son en technicolor y hasta en tres dimensiones. Básicamente, Carmela Nieto fue una buena persona y una ponferradina entrañable, en el mejor sentido de la palabra, que combatió su soledad ayudando a los demás y viviendo las horas con intensidad y vitalidad envidiable. No había presentación, conferencia, concierto, exposición o representación donde Carmela Nieto no apareciera, repartiendo opiniones tan sinceras como contundentes: después de felicitar a Mestre por su forma de recitar le reprochó que en sus poemas dijera «unas cosas que yo estaba viendo bajar a los comunistas por el Pajariel». Muchos la recordamos persiguiendo a los actores de Comediants por los pasillos del Bergidum para dejarles claro que no le había gustado el desnudo de una de sus escenas. Su fallecimiento nos empuja irremediablemente al odiado género del obituario, pasillo por el que sestea la melancolía.

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