TRIBUNA
Rigor en la Universidad
En relación con el artículo publicado en esta misma página el pasado lunes, 16 de enero, considero que es preciso manifestar algunas consideraciones. La Universidad es una comunidad académica que, de modo riguroso y crítico, contribuye a la tutela y desarrollo de la dignidad de la persona y de la herencia cultural mediante la investigación, la enseñanza y los diversos servicios ofrecidos a las comunidades locales, nacionales e internacionales. Por las condiciones del rigor y saber crítico, no caben (o no debieran de caber) en el ámbito universitario la arbitrariedad y el prejuicio. Sin embargo, distintos factores sociales intentan, desde hace décadas, eliminar el rigor en favor de un «pensamiento débil» mucho más manipulable. El artículo anteriormente referido es un singular, y anecdótico, ejemplo de prejuicio y mediocridad intelectual. La virulenta oposición entre la ciencia y la fe, característica de siglos pasados, podrá quizás pervivir en ámbitos poco dados a la reflexión pero, en modo alguno, sostenerse en la institución universitaria que busca honestamente la verdad. Resulta, cuando menos, sorprendente el intento, tan manido en algunos grupos políticos, de situar a la Iglesia Católica en oposición a la ciencia, al saber, a la Universidad e, incluso, a la misma sociedad en progreso. Basta con recordar que la institución universitaria nació en el seno de la Iglesia en las grandes ciudades europeas como París, Bolonia, Salamanca, Padua, Oxford, Coimbra, Roma, Cracovia, Praga¿ y que desde su origen hasta nuestros días la Iglesia mantiene, desde instancias universitarias, su apuesta por el desarrollo del saber para la promoción de las personas y el bien de la Humanidad. Es cierto que los avances científicos y técnicos plantean a todos numerosos desafíos que requieren menos entusiasmos irreflexivos y más prudencia y estudios profundos, serios y rigurosos. La razón, en su lento y fatigoso camino hacia la verdad, no avanza arbitrariamente o por capricho, sino sometida a las leyes de la lógica, auténtico Organon del pensamiento. Según estas leyes, es un dislate comparar dos términos de distinto género. Pese a tratarse de lo más elemental y básico para construir un razonamiento, existen aún quienes sin sonrojo se agarran a la falacia con la que priorizar sus intereses sobre la realidad de los hechos. Hablemos de hechos. El Estado español se define como aconfesional en la Carta Magna. Pero no confundimos Estado y sociedad, por tratarse de dos géneros distintos. El Estado es aconfesional, pero la sociedad española no es aconfesional sino plural, y dentro de esa pluralidad, mayoritariamente religiosa. Más bien, habría que pensar que gracias a su aconfesionalidad el Estado puede servir mejor a las diversas opciones de la sociedad plural. Justamente, de pluralidad tiene que ser experta la Universidad pues se ofrece como foro de reflexión, de confrontación y debate a las distintas cosmovisiones que el pensamiento humano ha ido elaborando. La libertad de cátedra tiene mucho que ver con esa apertura de miras y de intereses en el ámbito universitario. En este sentido, la exclusión del pensamiento cristiano del ámbito académico, en cualquiera de sus niveles, resulta empobrecedor y restrictivo, y una contradicción si se solicita desde instancias universitarias. Más grave resulta la afirmación de que la Iglesia Católica impone la asignatura de religión en la enseñanza oficial. Tras la expresión «enseñanza oficial» se suele esconder un profundo error de apreciación: que el Estado es quien «educa» a la sociedad y a los ciudadanos. Consiguientemente, la educación se convierte en un servicio social ejercido y tutelado por el Estado. Estas afirmaciones, tan asumidas por algunas opciones políticas, no cuentan ni con el respaldo de la Constitución española ni con el reconocimiento de los Derechos Humanos. Éstos, más bien, señalan -como no podía ser de otra manera- que la educación es un derecho de los padres que el Estado debe de salvaguardar y ejercer de forma subsidiaria. El actual gobierno ha podido plasmarlo en el Proyecto de Ley Orgánica de Educación y no lo ha hecho. Sin embargo, la denostada Iglesia Católica, en línea con la defensa de los Derechos Humanos, así lo expresa y promueve en todos sus documentos. Por otro lado, la imposición de la asignatura de religión, atribuida a la Iglesia, parece cuando menos una descalificación gratuita. Lejos de exigir imposiciones, promueve la atención y respeto a la pluralidad. Sirva de ejemplo el hecho de que de las cuatro confesiones religiosas que tienen acuerdos con el Estado español sólo la Iglesia Católica se ha sentado a negociar, siendo los beneficiarios de dichas negociaciones todas las demás confesiones. Otro aspecto importante del sistema educativo es la recurrente apuesta por una educación integral. Pues bien, sólo desconociendo el Informe Delors puede desestimarse la presencia de la enseñanza religiosa en el ámbito escolar. Educar integralmente exige no sólo la adquisición de los datos de la ciencia sino también la oferta de una determinada cosmovisión y respuesta a los problemas de sentido, oferta característica de la enseñanza religiosa. Incluso soslayar una enseñanza no confesional del hecho religioso provocará la ausencia de referencias interpretativas de la propia cultura, hecho demasiado serio para toda instancia o persona dedicada a labores en pro de la educación y la cultura. Respecto a los argumentos económicos, frecuentemente esgrimidos desde actitudes más viscerales que racionales, el rigor y el sentido común exigen una comprensión del problema no simplista sino en su total complejidad. Para ello, el primer dato debemos obtenerlo de la historia para explicarnos el origen de la financiación de la Iglesia Católica y la consiguiente repercusión en su tarea educativa. En cualquier caso, cuando hablamos de los dineros de todos algunos siempre olvidan, sin el mínimo rigor, que los impuestos los pagamos todos y que no parece lógico que algunos tengan que pagar dos veces la educación de sus hijos por el simple hecho de ejercer un derecho constitucional. Por último, dejar constancia de que la fe, como el casarse o el ejercer una determinada profesión, es una cuestión personal pero no privada. Y siendo personal no queda ahogada en el puro subjetivismo. La religión católica se enseña en la escuela con los métodos propios de la escuela: una enseñanza sistemática, adecuada a la edad y sujeta al proceso de enseñanza-aprendizaje de los alumnos. En la enseñanza religiosa escolar no se evalúa el grado de fe de los alumnos sino el proceso de aprendizaje de los datos objetivos. La religión católica se enseña sin complejos ni proselitismos, guardando las mismas exigencias curriculares que otras materias y con los métodos propios del régimen escolar. Existen documentos de la Iglesia católica en España, con más de 25 años de antigüedad, que distinguen claramente la enseñanza religiosa y la catequesis, aunque el escaso rigor y la ignorancia sigan mantienen tópicos ya rancios. Abordar el tema de la enseñanza religiosa en la Escuela desde los prejuicios y desde la falta más elemental de rigor resulta difícilmente justificable, pero hacerlo como profesor de Universidad es simplemente inaceptable. La Universidad debe dejar siempre, de puertas afuera, la falta de honestidad en la búsqueda de la verdad, para convertirse en auténtico foro de reflexión seria en el que caben todos los modos de pensar apoyados en argumentos razonables.