TRIBUNA
Archivo, democracia y partidocracia
EL 27 DE ABRIL DE 1996, en mi condición de representante del pueblo, enviaba un comunicado de prensa a los medios de comunicación castellanos y leoneses, denunciando lo que entonces era una intuición, y que hoy, por desgracia, casi diez años más tarde, se ha convertido en una lamentable realidad para nuestras dos regiones, la leonesa y la castellana: el traslado de parte del archivo de Salamanca a Cataluña. Tan sólo dos medios de comunicación dieron una breve reseña de este comunicado: El Adelanto de Salamanca y el Diario de León. En esa fecha la diputada Rahola presentaba a su vez una iniciativa parlamentaria ante el Congreso de los Diputados, en la que solicitaba la devolución a Cataluña de los tristemente famosos documentos. Pero no era esta la primera vez que se tanteaba el terreno, ya la misma Rahola denunciaba en su proposición no de ley como el asunto era previsiblemente moneda de cambio en el presumible pacto que CiU iba a firmar con el Gobierno de Aznar. Permítaseme, y perdóneseme, esta introducción, pero creo que es necesaria para argumentar y avalar lo que a continuación voy a expresar. El caso del Archivo de Salamanca es algo mucho más importante de lo que casi todos podemos creer, es un indicio puro de los síntomas de deslealtad y fracaso que asolan a nuestra sociedad. En primer lugar, ha supuesto el enfrentamiento de dos Españas, la fuerte y la débil. La fuerte -que como siempre ha ganado la batalla- está representada por Cataluña y esencialmente por los catalanes. Un pueblo luchador, que nunca ha tenido miedo a demostrar su particular idiosincrasia. Un pueblo sin complejos y que ha sabido elegir unos políticos que ante todo y sobre todo son catalanes o al menos defienden a Cataluña. Por otra parte están los perdedores, la España débil, en este caso representada por la comunidad autónoma de Castilla y León y por castellanos y leoneses. Una comunidad autónoma que nació artificialmente, como siempre a los pies del resto de las autonomías, con una eminente vocación de sacrificio; era el débil intento de romper la primacía del eje Galicia-País Vasco-Cataluña. Pero esa comunidad está formada por hombre y mujeres a los que se nos ha intentado hacer creer desde siempre que somos un pueblo sometido, sacrificado, trabajador y que no debemos demostrar nuestros sentimientos, tampoco los políticos, porque eso nos podía traer problemas. Y en esta comunidad hay unos políticos, esos sí realmente sometidos a las directrices de sus partidos en Madrid. Ya se sabe, político que se mueve no sale en la foto. En aquel momento (1996) yo, que era según unos una loca y según otros una ingenua, o vaya a saberse qué otros apelativos, tal vez más «cariñosos», ofrecí mi humilde colaboración a la Junta de Castilla y León, en concreto, (hubiese sido igual que fuese otro), al entonces presidente Lucas para ayudar a una lucha a favor de que el archivo permaneciera entero y en Salamanca; lucha que yo creía que se podría ganar y pedí al resto del arco parlamentario representado en las Cortes de Castilla y León, que se unieran a mí en este frente. Por supuesto obtuve la callada por respuesta, de todos. Hemos perdido una batalla, pero si no queremos perder la guerra debemos hacer un esfuerzo y un pequeño ejercicio de análisis y no contentarnos con sumirnos en una postura victimista. ¿Cuáles han sido las verdaderas razones por las que los catalanes han ganado el pulso a los ciudadanos de Castilla y León? En primer lugar el que, al frente del Gobierno de la Nación, sí de la española, de España, se sienta gente que está demostrando la más grande de las indecencias políticas y morales: «el todo vale» con tal de llegar y dominar, que no gobernar, pues en este arte, han logrado el fracaso más absoluto. Sólo hay que pensar en todas las prohibiciones que ahora pesan sobre la sociedad española, como si de una sociedad menor de edad se tratara, cuando los españoles hemos dado signos de una madurez de la que el gobierno del PSOE, en la época de Rodríguez Zapatero, adolece. El que desde la más grande de las irresponsabilidades políticas, se esté haciendo creer a los ciudadanos que se gobierna un país, cuando realmente el gobierno de Madrid se vende al mejor postor, y tan sólo le importa su tranquilidad, la suya y la de los suyos. Y se olvida de algo que debiera presidir cualquier labor política: el servicio al pueblo. En segundo lugar, el que el gobierno de la comunidad autónoma de Castilla y León en particular y el Partido Popular de esta autonomía en general, al igual que débiles comadres tienen miedo a decir, no lo que piensan que esto igual ni nos importa, sino lo que sus representados necesitan. Que no saben venir a Génova y luchar por su pueblo, porque al fin y al cabo para eso están ahí y para eso les pagamos los contribuyentes. Que son los chicos y chicas bien uniformados por dentro y por fuera, que nunca dicen una palabra más alta que otra, ni por supuesto se oponen, ni tan siquiera discuten, lo que les dicen sus superiores, que en definitiva siempre hacen aquello que se espera de ellos, pues por algo son los representantes de la siempre fiel Castilla y León. En tercer lugar, el fracaso de un sistema político basado en la partidocracia y no en la democracia. La democracia es libertad, es igualdad entre iguales, es capacidad de análisis, son listas abiertas, en definitiva es gobernar desde el pueblo y para el pueblo. Partidocracia es que en los partidos políticos no llegan a puestos de decisión los mejores, sino aquellos que interesa que lleguen, bien por motivos personales inconfesables o bien porque interesa el partido, lo que al fin es lo mismo, alguien o que sabe demasiado y hay que tenerle callado o que no sabe nada pero tampoco da guerra ni va a crear problemas, y esa es la gente que interesa. Partidocracia es que la gente de los partidos que vale o podía valer, una vez que llegan a un puesto de representación o de decisión están obligados a callar y a olvidarse de lo prometido a los ciudadanos que les votaron, porque tienen que vivir de la política. Porque el gran fracaso de nuestro sistema es que la mayor parte de nuestros representantes han hecho de la política su profesión. Y, si dejan el sillón, ¿de qué van a vivir? Son muchos los políticos actuales que si abandonan la política, tendrían serios problemas para mantener un nivel de vida digno porque, sin prebendas y sin el sueldo de los contribuyentes, es difícil vivir cuando no se tienen otro medio de vida que la política. En definitiva, la batalla la ha perdido, no ya Castilla y León, sino España, y si queremos ganar la guerra es necesario que todos los hombres y mujeres de bien que aún creemos en la utopía nos unamos y reivindiquemos nuestros pueblos, no en contra de nadie, sino en unión de todos. Que cambiemos nuestro sistema podrido. Es hora ya de que los partidos y la democracia pierdan el miedo a entrar en crisis buscando nuevos planteamientos, porque sólo desde ahí podremos crecer. Nos encontramos tal vez, en el momento más grave de la historia de la democracia actual. No es cuestión de miedo, es cuestión de valor, de coger el toro por los cuernos y desde el fracaso de nuestros políticos volver a crear. Yo lo he hecho, lo hice en las Cortes y lo he seguido haciendo fuera, por tanto cualquiera lo que puede hacer. Si ustedes, gentes que se dedican a la política, no son capaces, dejen el sitio libre, den paso a gentes que seguro que las hay inteligentes, luchadoras, libres, responsables y sobre todo, gentes para los que las palabras ética y dignidad aún tengan sentido.