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ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
León

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LA PEOR que podríamos hacer ante la ola de violencia antioccidental que arrasa el mundo árabe sería errar en su diagnóstico. Aun sin quererlo, el buenismo lleva a eso. Y a eso lleva también la pintoresca teoría de la alianza de civilizaciones, reverso en positivo de aquel pronóstico sobre su choque inevitable, que tantas protestas intelectuales provocó. El buenismo enfrenta el conflicto buscando una cierta equidistancia entre ofendidos y ofensores. No niega, por supuesto, que la violencia contra símbolos e intereses europeos es inadmisible, pero sin dejar de apelar, al mismo tiempo, al respeto que merecen en democracia todas las creencias. Una apelación -ésta última- que estaría justificada plenamente si en Europa el credo musulmán estuviese de cualquier modo perseguido o impedidos los seguidores de Mahoma para practicar su religión. ¿Lo están? En modo alguno: las sociedades occidentales son sociedades pluralistas en las que se garantiza la libertad ideológica más plena y, dentro de ella, la más completa libertad de religión, con el único límite de que su práctica no atente contra los derechos reconocidos a todos legalmente. Es precisamente en ejercicio de esa libertad, sin la que la democracia no podría subsistir, que, primero un periódico danés, y luego otros europeos, en señal de solidaridad («Yo también soy Espartaco»), han publicado unas viñetas, ofensivas sin duda, para la religión musulmana y su profeta. Nada hay, sin embargo, que decir sobre esa ofensa, ni sobre ofensores y ofendidos, que no sea generalizable a los millones de agravios que todos los días las libertades de prensa y de expresión provocan en las sociedades democráticas: que quien hace uso de tales libertades debería tratar de no molestar a los demás, aunque el único límite infranqueable en democracia es el de las leyes civiles y penales; y que el ofendido puede hacer todo en su defensa, salvo tomarse la justicia por su mano. Esas son las reglas de nuestra civilización, o para decirlo sin tapujos, de la civilización: las de quienes pegan fuego a todo el que discrepa o a todo lo que ofende son sólo las de la barbarie. Porque cuando las concepciones de una sociedad abierta -libre, igualitaria, democrática y plural- se enfrentan a las de una sociedad teocrática gobernada por curas reaccionarios que pretenden convertir el fanatismo religioso en el principio político y social mayoritario, hablar de civilizaciones en plural es una manera como otra cualquiera de renunciar a comprender. Lo que estos días se enfrenta, en realidad, es la sociedad abierta con algunos de su más peligrosos y encarnizados enemigos.

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