Diario de León
Publicado por
VICENTE PUEYO
León

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MARTES, 15 de marzo de 2020; 8. 45 horas. Con un gesto rutinario Carlos apartó la tostada del salvamanteles digital para contemplar la pantalla y puso el dedo sobre el número 3: Televisión Estadola. Su hijo hacía la limpieza del piso superior caminando con las zapatillas-aspirador, que no dejaban ni una moto de polvo en el suelo, mientras repasaba con su MP20 inalámbrico el examen plurilingüe para obtener el permiso de conducción de velógenos. Las noticias sobre los efectos catastróficos del cambio climático copaban el informativo; los cientos de icebergs desprendidos de la Antártida y de Groenlandia hacían imposible la navegación en buena parte de los océanos y más de 300 islas de Indonesia eran sólo un recuerdo bajo las aguas. De pronto, una cara para él muy conocida se adueñó de la pantalla del salvamanteles y quedó paralizado; el locutor le echó algo de lirismo: «Se llama Henri Parot. Era el último terrorista de la felizmente extinta y sanguinaria banda de ETA que permanecía en prisión. Los más jóvenes no le recordarán pero detrás de esa cara sonriente hay un terrible asesino que mató a 82 personas, incluidos algunos niños en un cuartel de Zaragoza. Sale después de cumplir una larga condena; con él se cierra un ciclo terrible y absurdo...». Los dedos le temblaban y su mente se puso en ebullición. «Mi hermana hubiera cumplido 36 el mes que viene; ¿quién puede matar a una niña de cuatro años y luego sonreír? Cuando miro sus fotos, sé que hoy sería una mujer hermosa, con hijos hermosos. Sí, claro, yo tenía que haber sido niña; mis padres la buscaban con desesperación, como si quisieran obrar el milagro de recomponer su cuerpo destrozado, sus ojos marrones de gorrión... Mi pobre madre... Ni yo podía aliviar su amargura; se quedaba con la vista en el infinito. Se fue pronto, decía que quería estar con su niña. Muy al final, me dijo: «No dejes que el odio te venza». Hasta el último día de su vida, mi padre se bebió en silencio un odio extremo. Su legado, su mandato, está en mi memoria y en ese cajón del que sólo yo tengo la llave. Es una Beretta del calibre 9. «Pase el tiempo que pase, vé a por él. No dejes vivir a esa alimaña».

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