LA VELETA
El cura irlandés
ESTOS días está entre nosotros un singular personaje, el sacerdote Alec Reid, a quien se le atribuye, a mi juicio erróneamente, un importantepapel mediador en el conflicto de Irlanda del Norte. En su periplo español, el veterano clérigo redentorista irlandés realiza pronósticos sobre el final de la violencia, se permite dar recomendaciones a las fuerzas políticas, ofrece fórmulas y recetas para acelerar el proceso de paz y, justo es reconocerlo, está cosechando un inesperado éxito de público y crítica. Espero, sin embargo, que ni el Gobierno ni lasfuerzas políticas acaben deslumbrados por las opiniones de este controvertido personaje. Porque la historia de Alec Reid es bien conocida. Como el líder del Sinn Fein, Gerry Adams, ha reconocido, utilizó a Reid para que éste convenciera al nacionalismo constitucional, representado por Hume y el Gobierno de Irlanda, de la necesidad de crear un frente nacionalista a cambio del cese del terrorismo. Tal fue el mensaje -o el chantaje- que trasmitió este cura de cuyas buenas intenciones curiosamente pocas personas dudan y que desde hace años asesora a Elkarri tras haber sido, según el sindicalista nacionalista Germán Kortabarría, uno de los promotores y redactores de la Declaración de Lizarra. En realidad el objetivo que Reid perseguía era muy claro: suplir la debilidad y la marginación progresiva del IRA -y de ETA- con la construcción de un frente nacionalista tutelado por la pervivencia de una organización armada, aunque ésta abandonase, al menostemporalmente, el uso de la violencia. La historia reciente de Irlanda del Norte y del País Vasco demuestra fehacientemente que el proyecto de Alec Reid ha fracasado rotundamente. Como han admitido destacados dirigentes del IRA, si hubiesen sido capaces de derrotar militarmente al los británicos no habría habido proceso de paz. Por lo tanto, el objetivo de la paz no podía conseguirse a través del diálogo que proponía Reid desde mediados de los años ochenta, sino que obligaba a demostrar que las aspiraciones del IRA -y las de ETA- no podían lograrse mediante el terror. Únicamente ante la demostración de que la violencia resultaba ineficaz estuvo el IRA- y ETA- dispuesto a abandonarla. El proyecto que sostenía Reid sólo reforzaba la creencia de que la violencia era eficaz, alimentaba la división de las fuerzas democráticas y transmitía que el IRA (y ETA) podían obtener a través del diálogo la legitimidad de la que carecían. Nada más lejos de mi intención que hacer un juicio de valor sobre las intenciones de Alec Reid. Sólo mantengo que sus antecedentes no le otorgan la credibilidad que algunos parecen reconocerle.