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MARIA JESÚS MUÑIZ
León

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NI POR TODO EL ORO del mundo. Yo nunca seré una heroína, no saldré de la masa del anonimato, pero ni por un chalé en primera línea de playa, ni por el Eurobote, me hubiera cambiado por Riquelme en el momento del penalti. Al margen de que la pelota entrara o no, de que se pasara a la final o no, de que fuera el ser o no ser. Al margen de la comprensión general tras el fallo, del reconocimiento unánime del mérito. Era yo, que no me jugaba ni una porra (en el sentido de apuesta colectiva; ni en el otro, la verdad), y qué angustia, qué nervios. Qué satisfacción no estar en el pellejo de aquel hombre, observado con ansiedad por millones de ojos pendientes de su gesto, ya que no pudo ser de su gesta. Tienen que estar hechos de otra pasta. Los deportistas, las personas públicas en general, pero desde luego los que tienen que rendir todo en un segundo predeterminado y sobreobservado, tienen que cultivar un temple y una concentración que me parece admirable, más si cabe que sus condiciones físicas. Cómo contener las pulsaciones cuando sabes que todo el esfuerzo de un equipo, toda la ilusión de una afición, toda la meta de un proyecto, está pendiente de tu acierto en un instante. Y, más allá, cómo conservar la sensatez después para asumir que la vida está hecha de aciertos y errores, de carreras y caídas, de pasos adelante y tropezones. Temple para asumir la derrota y seguir adelante con la cabeza alta; y temple también para digerir el éxito y atemperar la inevitable tentación de confundir lo que al fin y al cabo es temporal con lo esencial. Son, la verdad, muchas y muy serias exigencias.

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