Diario de León
Publicado por
MANUEL ALCÁNTARA
León

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QUINCE, veinte, veinticinco columnistas o asimilados han escrito sobre la proposición del PSOE para garantizar «derechos fundamentales» a los simios. Algunos han hecho gracias más o menos fáciles y otros más o menos ingeniosas. Ningún país más necesitado que España de considerar a los animales compañeros en la involuntaria aventura de vivir. Aquí seguimos ensogando al tótem ibérico y el otro día hubo heridos en Beas de Segura, por donde pasó San Juan de la Cruz mil gracias poéticas derramando. Sí. Aquí seguimos ahorcando galgos y tirando cabras desde los campanarios. Eremburg se dio cuenta de que somos un país de mucho cuidado cuando vio a un arriero aporreando a un pollino, al grito de ¡arre, burro! La ferretería de las erres fue lo que más le alarmó. Según testimonios fidedignos, pasé mi infancia en un pequeño y solar sitio llamado «El jardín de los monos». Conocí al último. Los niños le daban caramelos, pero a veces envolvían en el papel pequeñas piedras. El mono, de suyo amistoso, desarrolló una enorme mala leche. Al final de sus días se lo llevaron a no sé qué pueblo. Allí se la cascaba con admirable asiduidad. O sea, lo que Neruda dijo, más poéticamente, que «trenzaba un hilo interminablemente erótico». El alcalde le condenó a prisión «por ejecutar actos inmorales». No sabía yo entonces la cantidad de genes que compartimos con los mandriles, pero empezaba a sospechar que le debemos respeto a todas las manifestaciones de vida, aunque no compartan con nosotros el don de la palabra. Está muy bien que se le reconozcan derechos. No se trata de humanizar a los monos, sino de humanizarnos nosotros.

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