Diario de León
Publicado por
Jesús M. Albarrán Deza
León

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« PUES amarga la verdad,/ quiero echarla de la boca;/ y si al alma su hiel toca,/ esconderla es necedad.» (« La pobreza, el dinero. Letrillas satíricas », de Francisco de Quevedo) . Triste pero necesario es comenzar con la «amarga verdad», tan contundente y tozuda como para ser leída dos veces: León es la única capital de provincia dentro de la comunidad autónoma de Castilla y León cuyo ayuntamiento, desde hace al menos seis años, no dedica recursos (ni materiales ni de ningún otro tipo) a Proyectos de Cooperación al Desarrollo. Es decir, no dedica recursos a apoyar los proyectos de quienes trabajan altruistamente (no está de más recordarlo) en luchar por la erradicación de la pobreza, y las desigualdades sociales que la provocan, en los denominados países del Sur. Para suavizar irónicamente el impacto de esta amarga verdad, dice un buen amigo que, por lo menos, del famoso 0¿7 % de los presupuestos de la Administración, que según una ya larga reivindicación de las ONGD debería ser destinado a cooperación para el desarrollo, en León ya tenemos la mitad conseguida, es decir, el cero. Ahora sólo nos falta el siete. Por si esa amarga verdad fuera poco, el Ayuntamiento de León sigue manteniendo paralizado desde los años 1996, 1998 y 1999 el pago de lo aprobado, y presupuestado entonces según se recogía en las convocatorias públicas convocadas a tal efecto, para el desarrollo de siete proyectos de cooperación en Togo, Bolivia, República Dominicana, India, Argentina, Perú, y cuyo total asciende a 131.640 euros. Conviene insistir en que son proyectos aprobados por el propio ayuntamiento aunque, injustificadamente, antes de poder dar el primer paso hacia su realización efectiva, hayan sido abandonados a su suerte en algún cajón de la Concejalía de Bienestar Social. Esta desidia hacia la solidaridad con los pueblos del sur, manifiesta en las decisiones de nuestros políticos municipales, y que, no sin vergüenza, padecemos en cuanto ciudadanos leoneses, contrasta ampliamente con lo que ocurre en otras provincias de nuestro entorno cultural, donde los presupuestos anuales destinados a cooperación al desarrollo van desde el casi millón doscientos mil euros de Burgos hasta los setenta mil euros de Segovia (datos de 2005), pasando por cantidades intermedias en todas las demás provincias de la comunidad. En ningún otro caso dentro de nuestra comunidad autónoma, y a despecho del signo político de sus representantes municipales o de sus proporciones en número de habitantes, se ha tomado ni mantenido la misma irresponsable decisión que los diferentes equipos de gobierno de nuestra ciudad han tomado o mantenido: no dar para cooperación al desarrollo ni agua. Ni agua. Cruel ironía, efectivamente, y por eso podemos hablar de irresponsabilidad. Estamos tratando no ya con el descontento que esa suerte de desprecio por parte de nuestros gobernantes pueda haber generado entre quienes dedican su tiempo, esfuerzos e ilusiones a ayudar a paliar (trabajando desde aquí para que se haga realidad allí) necesidades tan básicas como el acceso al agua potable, la asistencia sanitaria mínima, la educación infantil, dignificar las condiciones laborales de la mujer, etc, en los lugares menos favorecidos y más olvidados del planeta. Un desprecio que, no obstante, en León afecta, por lo menos, a todas las personas que, a través de las 13 organizaciones presentes en la Coordinadora de ONG para el Desarrollo, nos dedicamos con claros criterios de independencia política (tampoco está de más recordarlo) a sacar adelante Proyectos de Cooperación al Desarrollo. No, no se trata de eso. Por desgracia a eso estamos acostumbrados y por ese motivo no haría falta que este artículo fuera publicado (y menos leído). Estamos tratando de constatar algo mucho más simple, algo con lo que no debería frivolizarse tan a menudo desde nuestro arrogante mundo desarrollado: la pobreza no entiende de política, mejor dicho, la pobreza no entiende de nuestra política. La pobreza no entiende de prioridades partidistas, de plazos en curso, de reglamentos imperfectos, de fotografías inaugurales, de declaraciones descalificantes «porque ahora me pongo yo». La pobreza sigue su curso inexorable espantando con su fiereza (volvamos a Quevedo) a millones de personas. Personas que viven situaciones de injusticia y de exclusión social, algunas de las cuales podrían haber visto paliados sus sufrimientos desde hace al menos ocho años si el Ayuntamiento cumpliera los compromisos que aprueba. De eso estamos hablando. De todo eso y más desde la Coordinadora de ONGD hemos querido hablar con el señor alcalde de nuestra ciudad, en al menos cinco ocasiones desde octubre de 2005, sin poder conseguirlo y sin que tan siquiera se nos haya explicado porque no es posible. Por todo eso intentamos participar en el Pleno municipal del 31 de marzo de 2006 (pleno al que asistimos sin que se nos concediera la posibilidad de intervenir, a pesar de haberlo solicitado reglamentariamente) y por todo eso aquel día salimos a la calle a protestar. En dicho Pleno, y como consecuencia de una pregunta hecha al respecto desde las filas de la oposición, el señor alcalde declaró, según consta en acta, «he dado instrucciones a la concejala de Bienestar Social para que a la próxima comisión que celebre Bienestar Social invite expresamente a la Coordinadora de ONG para que puedan allí hacer una intervención mucho más amplia, mucho más profunda y entiendo que mucho más eficaz que en este pleno». Afirmación que fue acompañada con el anuncio por parte de la señora concejala de Bienestar Social, dentro de los presupuestos municipales para 2006, de una partida de 180.000 euros, destinados a lo que se denomina ayudas a entidades sociales, con los que supuestamente quedarían solventadas nuestras reivindicaciones (aunque estas ni mucho menos se limitan al pago de la deuda de 131.640 euros que el ayuntamiento tiene contraída con varias ONGD de la coordinadora). Pues bien, la citada reunión de la Comisión de Bienestar Social ya tuvo lugar el pasado día 20 de abril sin que se nos invitara a participar y sin que ni tan siquiera se tocaran en la misma temas relacionados con nuestras reivindicaciones ni, en general, con la Cooperación para el Desarrollo. En fin, habrá quien después de leer todo esto hable de los utópicos de siempre, o quizás de los demagogos de siempre, o quizás de lo mal que va el mundo. No le hagan caso, será perder el tiempo. La pobreza no sólo no entiende nuestra política, tampoco entiende nuestras palabras. La pobreza sólo entiende de hechos. Piénsenlo bien pero, sobre todo, actúen en consecuencia. Las alternativas existen.

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