AL TRASLUZ
Con asombro
FOMENTAR en los niños el amor a la lectura es educarles en la capacidad de asombro. «A mí ya no me asombra nada», es una afirmación típica de quienes nunca se han asombrado, como esos escépticos que nacieron así y, por tanto, no se han dejado ningún jirón en el camino. Un niño leyendo absorto un cuento es una esperanza para el mundo, pues quizá años después se tope con páginas en las que descubra las lágrimas del rey Príamo o la derrota épica de Don Quijote, y quizá esa sabiduría forjada con las risas y las lágrimas de siglos haga de él una buena persona. ¿hay otro reto?. Cuando un joven se pregunta cómo Hemingway pudo crear algo tan hermoso como Un lugar limpio y bien iluminado está admitiendo su capacidad de asombro, don que le servirá ya de adulto para rastrear la verdad y la belleza, incluso entre las ruinas. Nada de lo afirmado tiene algo que ver con la lectura como erudición de tenderete o con el estruendoso juego malabar de los egos. Se lee en soledad, y así se aprende -pues todo lo maravilloso esconde una paradoja- a estar en compañía. El buen lector capta los túneles sagrados que conectan un libro con una hermosa canción o con un gran cuadro, pues todo forma parte del mismo puzzle. Un buen lector no es aquel que más y mejores libros lee, sino quien reconoce -con humildad y orgullo- la deuda espiritual con lo leído, que también él porta la antorcha de los viejos héroes. Enseñemos a los niños a leer con asombro, pues Ulises aún sigue buscando el camino de regreso a Itaca, está solo y necesita nuestro consuelo.