APOLOGÍA DEL BIEN
Confundir el símbolo con el objeto
EL CONTENIDO del discurso que hacen algunos al utilizar las diferencias especificas de la historia de León, con respecto a las otras ocho provincias que constituyen la unidad comunitaria, huele a oportunismo que apesta. Hacer política, aprovechándose de los sentimientos de personas vulnerables, demuestra una bajeza que repugna y, por tanto, es insoportable. Ni con el himno ni con las diferencias históricas resolvemos los problemas, que tenemos muchos. Esos que inventaron el «leonesismo» como forma de hacerse un espacio en política, y qué piden, con tanto furor, todo para León, y que, además, le exigen tanto a Rodríguez Zapatero, ni son nobles ni respetan los valores de la solidaridad entre el conjunto de los ciudadanos de la comunidad. Por supuesto, la autonomía en teoría es positiva, pero, para que cumpla el objetivo que la justifica tiene que gestionarse a favor del conjunto de los ciudadanos, no a favor de unos pocos, qué es lo que vienen haciendo. El panorama político siempre ha sido perverso, pero desde hace unos diez años, en vez de mejorar, presenta un nivel tan bajo, que nada tiene que ver con los principios básicos de democracia, todo lo contrario. Los mismos políticos, a la vez, se aman y se odian. Con frecuencia se reúnen, en privado, para hacer el apaño, lo hacen, y salen poniéndose verdes a través de los medios. Para acabar con este juego, es urgente que la ciudadanía, que es la víctima, reaccione. La sociedad necesita respirar una atmósfera sana, no la peste y la maldad que sale de la boca de algunos. Y peor que las palabras son los hechos: en no pocas acciones desvían el dinero público hacía lo privado. Una sociedad que permite, que, desde las instituciones públicas, los actores del poder político y económico se aprovechen de ella, es una sociedad subdesarrollada, desinformada, deformada e inconsciente de ello. ¿Generamos riqueza? Sí. Pero no se distribuye. Permitimos que la acumulen los nuevos oligarcas ( propietarios de: bancos, hospitales, eléctricas, grandes superficies, constructoras, etcétera. Y, además, presumen de ganar mucho). La acumulación del poder y del dinero en unos pocos, más allá de un límite, genera abuso y coloca a la mayoría de los ciudadanos en situación de impotencia. A los políticos les va muy bien que los ciudadanos pasen de política. Nada cambiará sí los ciudadanos no ejercen su responsabilidad. Sólo a partir de esa condición, los gobernantes nos respetarán, porque no podrán pasarse de la raya como vienen haciendo. Eso sí será vivir en democracia.