Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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RETOMO EL TEMA de mi anterior columna, sobre la polémica por la confesión de Günter Graas de haber pertenecido a la Waffen-SS, con 17 años. Llegó  a ser herido en combate y hecho prisionero. Insisto: lo importante no es quién fue o quien  le obligaron a ser, sino quien ha sido a lo largo de su vida. Entiendo su vergüenza, que no se sintiera con fuerzas para contarlo,  pero aún entiendo más que quizá lo que haya en  él de luz proviene de su rechazo posterior de aquella sombra maligna. ¿Un mito que se derrumba? sólo para quienes mitifican seres humanos. En el siglo XX se declararon más batallas de las que vienen en los libros, y  en ellas el corazón de la humanidad resultó brutalmente herido, aunque no derrotado. Compadezco a Grass, comprendo lo que él  llama su ignominia, aunque no me siento sorprendido,  pues  no santifico intelectuales. Aquello a quienes tenemos  por referentes de conducta pueden tener zonas oscuras en su pasado, pero, en efecto, quizá su desarrollo espiritual necesitase del contacto directo con lo perverso. Grass es  sólo un hombre, con grandezas y miserias. No se han derrumbado más altares que aquellos que cada cual le levantase. Lo preocupante es que el vaho del nazismo sigue contaminando el aire,  y este escritor  lo ha denunciado. El perdón, la piedad,  el amor son los escudos con los que defendernos del horror; también  con la verdad, podríamos añadir. Pero ¿cómo no ser compasivos con el silencio de alguien acostumbrado al aplauso, con la secreta prisión que arrastraba? Sólo es un hombre, otra víctima más del siglo XX. Y no bajemos la guardia, pues   también en este se librarán más batallas de las que recogerán los libros.

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