EN BLANCO
Telenovelas
MUCHO DEBE este país a los lacrimógenos radioseriales que, desde los rudimentarios aparatos de la época, pusieron voz y sentimientos a la grisácea y rencorosa posguerra. Escritos en su mayor parte por Guillermo Sautier Casaseca, su audición constituía un rito de obligado cumplimiento para el colectivo de amas de casa, al igual que la misa del domingo y otros amenes del franquismo. El esquema, si se puede llamar así al potaje de gazmoñerías que tenía en vilo a media España, venía a ser el siguiente: llevado por el «aguijón de la carne» del que habla San Pablo, un malo de guante blanco ponía los ojos y pretendía hacer lo mismo con sus lascivas zarpas en una bella muchacha, pobre pero honrada, cuyos únicos bienes eran la dulzura, la fragilidad y el encanto. Ella prefería sin embargo al hermano del rijoso Casanova, un joven de burguesa pulcritud y serio como un juez. Pedazo de argumento que, salvadas las distancias del tiempo, revive una y otra vez en las telenovelas que se hicieron dueñas de los hogares patrios a partir de la década de los noventa. De Simplemente, María, brillante alegato a favor de los espíritus virtuosos, pasamos a Los ricos también lloran y ahora a Betty la estropajosa, todas ellas centradas en las complicadas intermitencias del corazón. Semejante desfile de jovencitas de moral ligera y carnes firmes, atormentadas por la chaperona de turno y su viperina lengua capaz de fabricar las más retorcidas insidias y falsedades, ganará en morbo y audiencias cuando se asome a nuestras pantallas la superproducción que está arrasando en Colombia. Su título, impagable, es Sin tetas no hay paraíso. ¡Señor! ¿Adónde iremos a parar?