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León

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Valderas brindó homenaje a su párroco durante 36 años Virgilio Riega Díez. Era el 17 de septiembre cuando la villa se reunía para dar gracias a Dios en N.ª S.ª del Socorro por su larga y generosa dedicación. Cuando se recordaban en la plaza hechos, dichos, anécdotas de tan largo idilio esculpido en piedra a la puerta de la parroquia S.ª María del Azogue. Cuando se compartía el «vino español» tras las actuaciones del grupo de bailes. Cuando se reunían en una comida de homenaje en el restaurante más amplio de la localidad, que en esta ocasión hubiera deseado tener más espacio aún. Y en este banquete una mesa presidencial encabezada por el homenajeado, el vicario diocesano, el alcalde y diez personas de la familia más cercana del primero. Como hermano de Virgilio he de reconocer que me extrañó agradecidamente que los organizadores nos hicieran ese honor en un acto organizado por el pueblo de Valderas, no por la familia. Buscándole explicación, mi mente se fue hasta los acebales junto al sendero de montaña de Portilla de la Reina a Casasuertes. Los arbolitos, cercanos unos a otros, crecen rectilíneos mirando sólo al cielo y casi sin ramas laterales. Todos buscan la luz desprendiéndose de lo que les sobra. El signo luminoso de la constante y entusiasta dedicación de Virgilio no sería fácilmente explicable sin los ejemplos de la «plantación humana» de la familia: Aquella abuela de la que comentaba el mendigo que frecuentaba Remolina a principios del pasado siglo: «Con lo que la tía Florenta me da, ¡cuánto no me deberá!». O su hermano Ángel González dedicando su madurez a la parroquia de Burón en aquella primera mitad del siglo veinte. O aquel don Teodoro Domínguez, natural de Llánaves, en cuyas nueve fuentes del Naranco veía las fuentes del Esla, párroco que fue de Roales, aquel que a sus 73 años en la cocina de nuestra casa paterna de Portilla argumentaba contra los profesores del abarrotado seminario que sólo consideraban las cualidades académicas de los seminaristas: «¡No se dan cuenta de que la Iglesia de Dios también necesita burros!». Y, entre los más cercanos: Nuestro tío Leopoldo, del que no por casualidad resultó homónimo el que esto suscribe, que vivió su sacerdocio en Portilla y Llánaves desde la revolución del 17 hasta los sesenta; nuestra madre Teresa dedicada a sus once hijos que la muerte le hace abandonar niños el 17 de febrero del 45; nuestro padre Atanasio, 17 años mayor que ella a la que sobrevivió viudo otros 17; y su hermana y tía nuestra Dorotea que culmina su soltería dedicada a hacer de madre gratuita de los ocho hermanos que vivíamos entonces entre los cuatro y trece años. En este vivero de generosidad que durante tantos años fue nuestra familia (los que saben mucha moral no hacen mucha plata -solía decir nuestro padre-, es más explicable que surja alguien como Virgilio que se haya dedicado sin desmayo a ser cariño de Dios para Valderas y su entorno. Por eso doy las gracias en nombre de la familia a todos los que han sabido ser agradecidos, no tanto por los honores que le habéis dedicado pues él ya los había gratificado con su propia vida, sino porque con sólo un gesto de honor hacia la familia habéis expresado que el milagro de una vida generosa casi siempre nace impulsado por las hondas vivencias de un entorno familiar. Y espero que estos años de sementera traigan para Valderas una primavera nueva en lo familiar y en lo social. Leopoldo Riega Díez (León). Pilar Merenciano (Barcelona).

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