EN BLANCO
Prensa libre
EN ESPAÑA hemos pasado, casi literalmente, de la Edad de Piedra a la era de Internet. Y semejante improvisación pasa su lógica factura en cuanto a educación ciudadana, cuestión que para nuestros abuelos era un ceremonial de obligado cumplimiento. Son bastantes los alumnos que se comportan como dictadores de horca y cuchillo con profesores y compañeros, aparte de animar las noches con improvisados saraos que suelen terminar igual que el agitado rosario de la aurora. No es que se eche de menos aquel país de tontos graves, pero sí que sería de agradecer un menor nivel de decibelios en los locales públicos o bancos en los parques dispuestos en perfecto estado de revista. Pero la mala educación no es cuestión exclusiva de esos muchachuelos cuyos pescuezos piden a gritos unas cuentas dentelladas. No hay más que entrar en una cafetería a primera hora, acuciado por echar el obligado vistazo a la prensa. Cuestión casi quimérica, pues siempre hay un parroquiano que permanece alerta como un conejo de campo hasta que la codiciada presa cae entre sus manos. Después, indiferente a la cola de otros potenciales lectores, disecciona las noticias con la misma fruición que si estuviera leyendo el catecismo del padre Astete. Y como está al plato y a las tajadas, con un cafelito en una mano y los churros en la otra, cuando por fin el periódico retorna a la barra, está más sobado y fritoso que la magdalena de Proust. Así que para evitar que el delgado hilo de la concordia acabe por romperse, exigimos prensa libre y limpia en las cafeterías.