Diario de León
Publicado por
ANXO GUERREIRO
León

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QUE la mayoría de los dictadores mueran ejerciendo un poder ilegítimo, en exilios dorados disfrutando de las inmensas fortunas robadas a sus pueblos o, a lo sumo, cumpliendo arresto domiciliario en lujosas mansiones de los barrios altos, no es una buena noticia para la humanidad. Al contrario, constituye un poderoso estímulo para que nuevos salvapatrias de cuatro pelos se animen a repetir las trágicas tropelías cometidas por aquellos. Por eso que Augusto Pinochet haya muerto sin una sentencia condenatoria y que el Gobierno democrático de Chile representado por la ministra de Defensa, Vivian Blanlot, presidiera las exequias celebradas con los honores que se rinden al jefe de las Fuerzas Armadas, es una afrenta a la democracia y a la justicia, aunque el aire de Chile sea hoy más limpio sin la pestilente respiración del viejo dictador. Pero semejante situación constituye sobre todo una ofensa a las víctimas, que son siempre las grandes olvidadas. En Chile y en todas partes. También en España. Me refiero, claro está, a las víctimas de la historia, esas que Hegel -y con él la mentalidad dominante en Occidente- denominaba «florecillas pisoteadas al borde del camino», es decir, florecillas que era inevitable pisotear para que la historia siguiera su marcha triunfal. Afortunadamente, a la misma hora que se celebraban los ritos fúnebres, una incalculable multitud se concentraba delante del Palacio de la Moneda para rendir homenaje a Salvador Allende y a todos los damnificados por la brutal dictadura de Pinochet. Pero mientras no se salde definitivamente la deuda contraída con las víctimas no se podrá hablar de justicia. Así pues, es preciso reparar el daño material y moral que se les ha causado. Se puede y se debe restituir el buen nombre a todas ellas y afirmar que mientras tal cosa no se haga la injusticia seguirá vigente. No podemos sacrificar el pasado a determinadas conveniencias del presente. Por experiencia sabemos que el hombre suele olvidar; por eso la injusticia se repite. Y es precisamente la injusticia del sufrimiento evitable lo que nos convoca de forma ineludible. Por eso recordar y homenajear a las víctimas es un imperativo democrático de primer orden. Pero en Chile, como en España, existe además una responsabilidad histórica que afecta a los herederos del pasado. Los hijos y los nietos de los vencedores así como los de los vencidos son herederos de un pasado común, aunque unos hayan heredado las fortunas y otros los infortunios. Como esas diferencias son el producto de ese pasado común, es por lo que las actuales generaciones tienen una responsabilidad adquirida a la que inevitablemente deben hacer frente. Sólo así se podrá hablar de democracia y de justicia.

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