EL VENTANAL
Poca claridad
DICEN los clásicos que donde no hay distinción hay confusión. Y esto es lo que pasa en estos momentos con la política del Gobierno sobre el terrorismo. Por una parte estamos viviendo un proceso de paz; por otra parte llevamos a cabo una lucha antiterrorista. El presidente habla de la paz como único objetivo de su política y de todos sus esfuerzos; en otras intervenciones, como en la última sesión del Congreso, se refería a la lucha contra el terrorismo. El portavoz socialista habla de unidad en la lucha antiterrorista. Por su parte, el lendakari habla de búsqueda de la paz, diálogo con ETA, con Batasuna y con quien haga falta; el secretario de Organización del PSOE, José Blanco, le apoya. Por su parte, el obispo de Bilbao habla de moverse por la paz. Al mismo tiempo, el Ministerio del Interior sigue cada movimiento de los etarras que tiene controlados, persigue, detiene y encarcela, afirmando que no ha bajado la guardia ni un momento, aunque los disturbios en las calles se han recrudecido, incluso con profanación de la tumba de Gregorio Ordóñez. Los fiscales y los jueces, actúan según y como en cada caso, unas veces con contundencia y otras con laxitud. Con todo esto, los ciudadanos no sabemos a ciencia cierta si estamos en un proceso de negociación, diálogo, prospección, o tanteo para conseguir que ETA desaparezca, si estamos en una etapa de persecución sin cuartel a los terroristas o si nos encontramos en un proceso de búsqueda de la paz. Normalmente, la paz se alcanza cuando dos partes contendientes se dan cuenta de que no tiene sentido seguir combatiendo, o cuando una de las partes se impone por la fuerza a la otra y la derrotada se rinde y firma el armisticio, o cuando la fuerza agresora se da cuenta de su error, deja de agredir y se retira a sus cuarteles. El proceso del País Vasco no se puede identificar con el primer caso, no hay dos partes contendientes que deciden dejar de luchar. Hay una organización agresora y un Estado que aplica la legislación. El segundo caso estuvo a punto de lograrse, la parte agresora quedó arrinconada, sin capacidad de movimiento y sin posibilidad de recursos. Podría lograrse que dejaran la violencia por agotamiento, sobre todo si el sector nacionalista dejara de reivindicar competencias en tanto ETA no desapareciese. El tercer supuesto sería el mejor para la sociedad española y vasca: que la organización agresora se de cuenta del error y deje sus actividades terroristas, integrándose en la vida política democrática y normal. Una gran mayoría de la sociedad española quiere que ETA desaparezca, el problema siempre se plantea en las formas, en los procedimientos, en los medios empleados, y es aquí donde no hay claridad, donde sólo existe confusión, y donde muchos tenemos la sensación de que nos están vendiendo humo, un humo que impide la visión y la respiración.