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ENRIQUE VÁZQUEZ
León

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ESTE miércoles, por un momento, pareció haber empezado la esperada batalla de Bagdad porque unos dos mil militares iraquíes y estadounidenses lanzaron una profunda incursión en un feudo sunní en la capital, pero el general Caldwell no lo confirmó y se limitó decir que «todo está listo». Mientras esto ocurría llegaban noticias de que un helicóptero pesado había sido derribado y los siete militares a bordo habían perecido. Es el quinto helicóptero perdido en poco más de dos semanas y crece la inquietud por la aparente entrada en acción de misiles tierra-aire de baja cota. Con estas bajas el total de muertos norteamericanos pasó súbitamente a más de 3.100. La ansiedad sobre el terreno se acompaña de un difícil correlato político en Washington, donde el nuevo y activo secretario de Defensa, Robert Gates, se niega a describir la esperada acción para ganar la capital como la última oportunidad y reconoce que su departamento sopesa otras alternativas por si la situación lo exige. ¿Es posible todavía ganar la guerra en Irak? La pregunta no parecía procedente hace pocos meses tras la dimisión de Rumsfeld, cuando dominaba el escenario la convicción de que Washington solo podría salvar los muebles, dejar a los iraquíes, mejor entrenados y armados, la responsabilidad de mantener el orden y de blindar el proceso político en curso. Irse poco a poco, sin una derrota formal. No hay duda de que ha habido un cambio y de que Bush, el general Pace, jefe del Estado Mayor inter-armas y el flamante secretario Gates creen no sólo en la posibilidad de cambiar las cosas, sino que se preparan para la eventualidad de introducir más cambios y de dotarse, si es preciso, de otra oportunidad. Por ejemplo¿ ¿la de añadir más hombres a los 23.500 enviados ahora?

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