POR LA AMURA
Inmolarse, ¿de qué?
UNA DE LAS PRIMERAS batallas del terrorismo es la semántica. El criminal consecuente , el que trafica con drogas, con personas o con lo que sea, pero sólo por dinero, no tiene conflictos de este tipo. Es un asesino, un secuestrador, un traficante o un proxeneta, y punto; le sonará mejor o peor, pero lo asume. El problema viene de esos otros criminales que no se tienen por tales, sino que se consideran a sí mismos héroes de nobles causas, salvadores de patrias, defensores de inocentes doncellas frente a los dragones centralistas, occidentales, globalizantes, o lo que sea. Éstos necesitan reafirmarse ante sus mentes enfermas, y para ello dan tanta importancia a la batalla semántica como al cobarde tiro en la nuca. En este país estamos hartos de oír términos como «impuesto revolucionario» en lugar de extorsión, o «comando» en lugar de grupo organizado de asesinos. Durante muchos años ganaron la batalla semántica gracias a la colaboración de quienes se supone que trabajamos con el lenguaje como herramienta, y ahora, cuando parece que las cosas empiezan a llamarse por su nombre, salta a la actualidad otra plaga de asesinos fanáticos, éstos de carácter pseudoreligioso, y de nuevo seguimos como borregos, al pie de la letra, su terminología y su mentira. El diccionario de la Real Academia Española define el término inmolarse como «sacrificar una víctima», «ofrecer algo en reconocimiento de la divinidad» o «dar la vida, la hacienda, el reposo, etcétera, en provecho u honor de alguien o algo». Ninguno de los imbéciles que en los últimos años los periódicos han definido como «inmolados» ha dado su vida por nada noble; en todo caso lo habrán hecho sus víctimas. Ellos, simplemente, se han ido al infierno, a su sitio.