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MARGARITA TORRES
León

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DOÑA ISABEL rumiaba su disgusto a grandes zancadas, de aquí para allá, recorriendo la noble sala de audiencias. Después de la recepción del jueves, hasta el último de los cronistas y plumillas de la corte había desaparecido para anotar en sus códices la actualidad de la noticia fresca. Con la seguridad de que ninguna indiscreta oreja registraría sus pensamientos, se volvió hacia su fiel escudero, don Eduardo, y dijole: -¿Conoces el chiste de la Virgen del Camino? Bien pudiera resumir los sucesos desafortunados que vivir acabamos ha. -¡Voto a tal (si es de los nuestros)! Desconozco la historia, mas ardo en deseos de oirla. -Dice así. Cuenta un viejo relato del alfoz leonés que en una ocasión se le apareció la Virgen del Camino a un pobre caminante de nuestra tierra, pastor por más señas por aquello de que habitualmente Nuestra Señora se muestra a los pastores. He oído tus quejas. Me he compadecido de ti y por eso te concedo un deseo con una sola condición: aquello que me pidas, lo tendrás, pero el doble de lo que solicites recibirá tu enemigo, así que piénsatelo b ien, le advirtió la Virgen. Largas horas más tarde, después de mucho rumiar sobre la extraña condición impuesta, el hombre sonrió feliz. Miró a la Virgen y le contesto: Ya sé lo que quiero: déjame tuerto. Mientras don Eduardo resolvía callado aquel Sudoku mental, suspiró doña Isabel, mirando no se sabe si hacia Cuadros o Lorenzana. Acababa de despegar del sillón de los Guzmanes al conde don García. Y ella había tenido que sacrificar su ojo leonés para que el de las prietas carnes acabara ciego en Pucela. ¡Ah! ¡Ya lo entiendo! -exclamó el berciano del Rabanedo-. Os habéis autoinmolado por el bien de la causa. ¡Os habéis hecho el kirikiri! Doña Isabel dibujó una sonrisa. -Querido vasallo: será el hara-kiri. ¿Desconoces el Bushido? ¿No has oído hablar del código de la caballería? -¿De un nuevo manual de veterinaria me habláis? -Va a ser que no -corrigió aburrida-. Si es que con aquellos apoyos¿ No, si al final tendría razón don Mario de León cuando le dijo que la conciencia es libre y no debe esclavizarse a cualquier maestro porque use nombre de Rey, que no siempre es amigo el palmero que silencia tus defectos, sino el que fielmente los evidencia. Y don García, que osó aceptar su exilio en Al-Qila aunque se despidió de ella con estas palabras: de mi vida política puedes disponer, pero no de mi honor. ¡Qué tipos más correosos y atrevidos! Miró a don Eduardo, cuyos dedos planeaban sobre una bandeja nutrida de buenos pasteles. Creía que su poltrona leonesa mantendría el calor de su cuerpo después de mayo. Veremos qué opina el sultán de Al-Qila de todo esto cuando deba buscar destino a don García, pensó la dama mientras meditaba que si ella fuera su escudero opositaría a conservar aquel inestable trono. Por un instante se comparó con don Mario y don García, se sumó a su causa. Qué dignos vasallos los tres, si hubiesen buen señor¿ Porque, como se quejaba el clásico: Así es Castilla, que hace a los hombres y los deshace. Y así es León, que a veces se lo pone en bandeja a Castilla.

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