Diario de León
Publicado por
MIGUEL A. VARELA
León

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EN ABRIL -en este abril luminoso y acelerado-, ya se sabe: todo son listas, candidatos y urnas. ¿Todo? No. Quedan pequeñas aldeas galas que resisten los embates de la crispación, de los juzgados y de las conspiraciones para refugiarse en la actividad perfecta y maravillosamente inútil de la literatura. En Bembibre, por ejemplo, Tomás Néstor y Jesús Celemín mantienen calladamente las Tardes de autor, por las que ha desfilado con discreción y buen criterio lo más florido de nuestra literatura. El martes esperan a Luis Alberto de Cuenca, el poeta de la línea clara que le puso letra a las locuras histriónicas de Gurruchaga para acabar escribiendo poemas de desamor en una covacha ministerial. Haciéndose un hueco entre el desembarco guerrero de las ondas que se espera en Ponferrada esta semana, llega también la Feria del Libro, con el ritual solipsista de comercio y autógrafos lleno de autores con la autoestima tan volátil que sólo asisten a actos en los que ellos sean los principales intérpretes, no vaya a ser que se les pegue algo si aceptan el secundario papel de oyente. Pero la foto de abril que nadie hizo surgió el pasado martes, en las jornadas organizadas por el Instituto de Estudios Bercienos (IEB). Allí estaba Carmen Busmayor escudriñando entre viejas fotografías. Allí estaba un hombre que se parecía a Antonio Pereira escuchando las palabras que los jóvenes habían escrito sobre un escritor llamado Antonio Pereira. Allí estaba Juan Carlos Mestre sirviendo de portavoz a los dioses de la poesía. Y allí estaba Raúl Guerra Garrido respirando el aire del noroeste, el aire limpio de la patria adolescente, tomando el pulso al ángel de la guarda que vive en las terribles tierras de sangre y banderas.

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