DESDE LA CORTE
La bomba y la chapuza
ESTE PAÍS se enfrenta a la duda más insólita que podíamos imaginar: si el Gobierno debe o no debe publicar las actas de las reuniones de sus emisarios con ETA. Esa petición, como saben los lectores, ha sido la bomba y la chapuza que don Mariano Rajoy llevó al debate sobre el estado de la nación. Bomba, porque fue la baza presentada como gran sorpresa, la busca de un gran impacto sobre la opinión pública. Rajoy creía tanto en ella, que llegó a blandirla sobre Zapatero como la prueba necesaria de su inocencia. ¿Inocencia de qué? ¿De haber negociado? No: de haber hecho promesas, concesiones vergonzantes o rendiciones. Y chapuza, porque mostró la dimensión del mensaje de un partido de diez millones de votantes: al final de una exposición apocalíptica de la situación del país, todas sus exigencias se redujeron a la alternativa de enseñar esas actas o adelantar elecciones. Por si no quedara clara la necesidad de esa prueba , los populares, esta vez alanceados por el portavoz Eduardo Zaplana, intentaron elevar la idea a la categoría de resolución parlamentaria, y ocurrió lo que tenía que ocurrir: se volvieron a quedar solos en la votación. Nadie consigue ver la necesidad ni la conveniencia de difundir esas actas. La incógnita es: ¿todos los demás grupos son zapateristas, o está equivocado el PP? Lo planteo de otra forma: ¿ha sufrido Rajoy una alucinación y creyó ver un pozo de petróleo donde sólo había una charca? Este cronista admira y respeta al señor Rajoy. Cree que es un hombre de principios y uno de los políticos en activo de mayor talla intelectual. Pero, como todos, tiene alguna debilidad. Y la mayor quizá sea que escribe sus brillantes discursos y diseña sus discutibles estrategias con la mirada y el oído puestos en cinco personas: el director de un periódico, el conductor de un programa de radio, el secretario general del partido, el portavoz parlamentario y su antecesor en el cargo. No lo acabo de ver buscando el beneplácito del otro hombre de moda en los corrillos: Rodrigo Rato. Esa querencia le conduce a una forma de ver la patria poblada de traidores, cobardes o débiles ante los enemigos de la identidad nacional. Que existen, claro está. Pero todos esos personajes los convierten en los gigantes del Quijote. Creo que los consejos más leales que se le pueden dar al aspirante a la presidencia del Gobierno son dos. Primero, que amplíe su mirada, que los árboles citados le impiden ver el bosque. Y segundo y fundamental: si es cierto que hubo concesiones vergonzantes a ETA, en vez de hacer insinuaciones, recopílense las pruebas, llévense al Congreso, y así arrinconarán al supuesto responsable. Eso es lo que diría cualquier manual de hacer oposición.