EL EQUILIBRISTA
La playa del optimismo
HAN pasado diez años desde el asesinato de Miguel Ángel Blanco y aún hoy no me ha curado la pena. He dicho mil veces que ni una sola bandera justifica la vida de un ser humano, ninguna patria, ningún territorio y ninguna independencia. El ser humano, según Hobbes y todos los pesimistas, es un lobo para el hombre. El pesimismo es también una forma de ser, y una filosofía. Este verano yo lo llevo atado a una parte de mi cuello, como si me apretase la garganta... y no me suelta el pesimismo. Veo el mundo y me escapo. No sólo los diez años de Blanco, sino también la amenaza constante del terrorismo, que parece estar acechando como una malanoche: negra. En Irak muere gente a diario, Palestina se baña en una platea de sangre... y aquí aguardamos la guadaña asesina. Prefiero no ponerme trágico. No sentir, no leer, no escribir (como en un poema de Gil de Biedma: « Vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia...») . Este verano parece un drama de Shakespeare. Prefiero no ponerme trágico, pero la tagedia es la doctrina nacional de esta España con diez años de Blanco, ¿recuerdas? Era verano, dieron cuarenta y ocho horas... y lo mataron. Tendré que escribirlo una vez más, aunque ellos no me hagan caso. Ninguna bandera vale una vida. Este verano, mientras todos esperamos lo peor, lo peor también espera por nosotros. Yo no sé si darle una patada a lo peor y acostarme, contigo, en la playa del optimismo. Este país que tiene gente como tú, que no crees en Hobbes. Como tú, tirado a veces en la toalla de la decepción, pero mirando el sol de frente. No van a poder con nosotros. Siempre nos quedará una playa para acostarnos. Una risa, un abrazo, un te quiero. La playa del optimismo, ¿recuerdas?... ella también existe.