EL RINCÓN
Cuestión de paciencia
NO SÉ cómo a alguien que tenga tiempo libre y un estómago apto para hacer inmersiones en las letrinas, no se le ha ocurrido publicar un diccionario de truhanes, de la A a la Z. Es cierto que serían necesarios varios tomos, pero no lo es menos que aportaría muchos datos de interés. En ninguna época de la vida española, desde que patentamos el género de la «picaresca», han escaseado, pero el florecimiento último ha sido espectacular. Se han hecho eventualmente célebres tipos como el pobre Cojo Manteca y el rico Juan Antonio Roca, pasando por El Dioni y El Cachuli. Este último, a pesar del poco tiempo que ejerció como ilustrísimo señor alcalde, está inmerso en 106 causas, lo que le convierte en un plusmarquista al que, diga lo que diga la Justicia, no sería justo regatearle el mérito. El problema de nuestros más acreditados ladrones es la paciencia, esa sublime virtud que requieren todas las demás. Si aguantan unos años entre rejas, saben que luego irán entre palmas, con las sienes coronadas de laureles en forma de billetes de 500 euros. El presente se lo han hipotecado los jueces que no admiten el soborno, pero el porvenir es suyo, ya que en España no suele practicarse la restitución de lo robado. No existe entre nosotros la pena de muerte y no podemos cumplir lo que postula el sabio refrán chino que dice que «al hombre que hace su fortuna en un año habría que ahorcarlo en doce meses». Gracias a Dios no es posible y además no habría soga suficiente. El problema de los muchos «malayos» que pululan por los pueblos españoles, con especial preferencia por los del litoral, es aguantar el tirón, después de haber ejercido como «tironeros» de alta escala. Ya volverán a ser libres. Hasta que llegue ese día, paciencia y barajar el dinero que se han llevado, que es suyo y muy suyo.