FRONTERIZOS
Mirada europea
ERA UN público mayoritariamente joven el que devoraba con recién estrenados modales de gourmet y atrasado apetito de Carpanta aquellos ciclos que a finales de los setenta ofrecía el modélico cine club Gil y Carrasco en una sala habitualmente abarrotada, con espectadores sentados en el suelo, inasequibles a la incomodidad de las butacas o a la más bien escasa calidad de las copias. Allí empezamos a amar un cine adulto, de alto voltaje e incandescente lenguaje que a veces teníamos dificultades para entender en toda la complejidad de su discurso pero que nos fascinó, nos inquietó, nos procuró nutritivo alimento. Además de odiosa, la comparación con el presente ofrece un perfil de catástrofe que empuja por el peligroso camino de la melancolía, que fue pecado capital hasta el siglo XVII. Actualmente, los atractivos aunque escasos ciclos temáticos de Caja España es lo más cercano a aquellas programaciones de la transición, pero apenas unas decenas de espectadores, que mayoritariamente peinan canas o calvas, se acercan por la Obra Cultural. Ya sé que la forma de ver cine se ha transformado radicalmente, como tantas cosas, en el último cuarto de siglo y no sólo no tengo nada contra el cine americano sino que lo considero entre mis favoritos, pero una generación que no conozca la obra de Fellini, Angelopoulos, Visconti, Pasolini, Truffaut, Oliveira, Wajda, Bergman o Antonioni, maestros de una mirada «europea» del mundo, es una generación coja, que genera más espectadores que, con el permiso del episcopado, ciudadanos. Estos días se nos han muerto, casi al mismo tiempo para acabar en una última pirueta teatral, dos de esos gigantes que estiraban el tiempo en la pantalla y jugaban al ajedrez con un Dios ateo. Y yo me he tirado a la videoteca a buscar Sonrisas de una noche de verano.