AL TRASLUZ
Una voz bendecida
NO HAY MAYOR deuda que la que contraemos con quien nos descubre un tesoro. Fue mi mujer quien me llevó a la voz de Pavarotti, como antes lo había hecho a la de Chavela Vargas. Para desenterrar cualquier tesoro no basta con tener el mapa, hay que partir en su busca, equivocar rumbos, corregirlos, naufragar, hasta que, por fin, arribas a la isla adecuada. Me costó adentrarme en la ópera, pero mereció la pena. El gran éxito mediático que logró en vida no debe frivolizar el logro de su voz prodigiosa, apoyada en un extraordinario dominio técnico sin el que no es posible convertir la voz en una catedral, a un cíclope en un ángel. Ayer honré su memoria escuchando su versión de El trovador . En arte, nada esencial se consigue sólo con técnica. La suya fue una voz bendecida, como la de María Callas. Sus dimensiones físicas le convirtieron en una epopeya de carne y sudor, en un cosmos andante, pero todo esto es anecdótico ante el milagro de sus calidades interpretativas. Sí no es usted aficionado a la ópera, posiblemente sea porque no ha tenido quien le introduzca en ella. Tras algunos intentos fallidos, descubrí que la búsqueda me llevaba a mi propio interior. Somos ópera. Verdad y artificio. Y existen distintas fases de aprendizaje en nuestra capacidad de disfrutar. Si se tiene paciencia con la ópera, si nuestro guía iniciático la tiene con nosotros, el cofre se abrirá. Más allá de intereses comerciales, cantó con intérpretes del pop y del rock, contribuyendo así a que millones de jóvenes se interesasen también por la música culta o la que fue popular en otras épocas. Su virtuosismo no fue un juego de espejos, sino eco del ser. Con la voz expresó aquello que está más allá del sonido, rotundo y enigmático como el silencio. Una voz bendecida.