Diario de León
Publicado por
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
León

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QUE un grupo de chavales crecidos en la sociedad del bienestar en una de las zonas más ricas del país decidan quemar ante las cámaras de televisión unas fotos de los Reyes alerta sobre la existencia de una patología social muy preocupante. Que tal acción pueda perpetrarse en presencia de la policía catalana, que decide no actuar «para evitar un mal mayor», sugiere un paralelismo, nada tranquilizador, con lo que sucede en el País Vasco con una habitualidad inexplicable. Que -en fin- los incendiarios pertenezcan a la órbita ideológica de un partido que ha sido hasta hace nada el principal sostén parlamentario del Gobierno, partido que como era de esperar ha restado toda importancia al incidente, indica la mucha razón que tenían los que dentro y fuera del PSOE vieron su pacto con ERC con una simpatía perfectamente descriptible. Ahora bien, como este país vive desde hace mucho en permanente «estado de delirio», según insuperable expresión del gran escritor Muñoz Molina, todo esto sería soportable de no haber culminado con un insólito cruce de acusaciones entre la vicepresidente del Gobierno y el líder del PP. Sus palabras, además de haber inquietado probablemente en la Zarzuela, resultan desmoralizadoras para una sociedad que espera de los dos grandes partidos sobre los que descansa en mayor medida el edificio democrático que sepan, cuando es necesario, distinguir -ustedes permitirán- las merinas de las churras. Aunque desconozco quién contestaba a quién, Rajoy culpó de la cremat a Zapatero y la Vicepresidenta declaró, desde Moncloa, que, en realidad, los verdaderos radicales son los del PP. Por supuesto que uno y otra condenaron con firmeza la acción de los pirómanos, pero esa condena -por obligada- resultó en realidad rutinaria y ritual, pues lo que querían de verdad ambos políticos era aprovechar el incidente para darle caña a su adversario. ¿No hubiera sido más pedagógico, desde el punto de vista democrático, que Rajoy y De la Vega hubieran insistido en que sólo un reaccionario, sea cual sea la bandera bajo la que cubra su burramia, puede creer que quemar fotos de un Rey parlamentario constituye un acto de defensa nacional? ¿No habrían aprendido más nuestros chavales si hubieran visto a quienes ostentan responsabilidades políticas de primerísima importancia reivindicar el papel central de la actual monarquía española para el sistema democrático? ¿Nadie apreció la oportunidad de haber insistido, ayer y no otro día, en que la imagen de Gerona es una vergüenza para Cataluña y para España que coloca a sus protagonistas a la altura de esos fundamentalistas que queman a quien odian sin saber que de su inquina sólo nacerán tristeza y frustración?

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