LA VELETA
Turismo del fisno
UN VERANO fastuoso en Arte me certificó que el turismo fisno sigue en estupendísima salud, con mogollón de fieles practicantes. ¿Qué se entiende por turismo del fisno?: tenemos una muestra antológica en el turista que reduce su visita a Santiago a poco más que ir a la catedral a meter los dedos en los huecos que tiene una columna y rezar cinco padrenuestros infalibles tanto contra la subida del euribor como contra las piedras de la vesícula; encima de esa columna ve la tira de gente en piedra y deduce que está hay uno que debe de ser Dios y ¡cosa curiosa! una rondalla de barbudos le da serenata. Al pie de la columna un par de cabezadas entusiastas le mejoran la neurona. Burgos, una catedral que puede ocuparte tres días para empezar a conocerla. Mucho visitante, con notable proporción de turistas fisnos y atentos a lo que el turismo fisno les da en aquella catedral: van a dar las seis de la tarde y al pie del Papamoscas se apiña una tribu de ídem. El Papamoscas hace su labor y el turismo fisno se disuelve, tal vez lamentando no haber estado a las doce. Le sugiero al cabildo burgalés que molaría mazo que el Papamoscas batiese las trece, catorce, quince¿ hasta la apoteosis de la veinticuatro badeladas. Venecia es ese lujo jurásico y abuso estético en el que las palomas se te posan en el hombro y les das cañamones y pueden agradecé rtelos con el producto final de la digestión de los cañamones que les había dado un turista japonés: ¡son los gajes de la globalización! Además en Venecia hay también una catedral con mosaicos tan guais que vale la pena hacer cola, pero a la Accademia, a I Frari, a San Rocco, a la Salute¿ no entrarás haciendo cola como no te la montes tú poniendo a tus hijas delante de ti. Padova y su basílica de San Antoniño bendito. Arte del buenísimo a esgalla, pero el paduano va a lo que va y en la tumba del santo montan unos sobre otros los papeles de «Gracias, San Antonio¿» que va dejando la cola de devotos atentos a pasar la mano por la tumba y totalmente desatentos a que en torno a la tumba hay nueve altorrelieves doblemente milagrosos: 1) milagros del santo, que no era ni Antonio ni de Padua, sino Fernando y de Lisboa; 2) milagros de la mano de Sansovino y otros «cracks» del Renacimiento. En Verona no hay nada importante que ver, pues lo importante a tope, en Verona es de tocar: la teta de Julieta, ante la que hace cola el turismo fisno que no pierde el tiempo en colas ante cosillas de menor cuantía. Está pulida y rechamante la teta, mientras a la otra y al resto de Julieta las oscurece la pátina de los años y la intemperie. A la guarradita de miles de chicles pegados a la pared se suma un libro para dejar recados a Julieta y el aluvión de cursiladas inspiró el mío: «¡Julieta, qué puñeta con esa mano que aprieta, supersticiosa, tu teta!».