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FERNANDO ÓNEGA
León

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EL REY dijo ayer algo que no necesitaba decir: que la Monarquía ha propiciado «el más largo periodo de estabilidad y prosperidad en democracia vividos por España». Escribo que no lo necesitaba decir, porque es algo de lo que deberíamos ser conscientes todos. De nuestra azarosa historia, los últimos 30 años han sido los más fecundos y los más libres. Lo hemos hecho entre todos; pero en un régimen que dio cobertura a la libertad y supo llevar al país desde la dictadura hasta la plenitud de derechos civiles. Lo que también le sucede históricamente a este país es que funciona el cansancio político. Ocurre como si nos aburriese la normalidad democrática; como si necesitásemos el impacto constante de la conmoción; como si hubiese una permanente atracción del abismo; algo así como «ya sabemos qué es la normalidad, vamos a probar la anomalía». Y entonces se pone en marcha una endiablada maquinaria que agita todos los fantasmas, y todos al mismo tiempo: separatismo, cambio de régimen, agresión ideológica e intransigencia. La crónica de los últimos y alucinantes días está llena de esos episodios. Todo se ha vuelto un desafío, una amenaza y a veces un chantaje. El mejor ejemplo lo ha dado ayer el consejero vasco de Justicia, Joseba Azkárraga, quien nos obsequió con esta esperanzadora disyuntiva de futuro: o voluntad de pacto Zapatero-Ibarretxe, o confrontación. Nada de relaciones tensas o dificultades: directos al conflicto. ¿Qué entenderá ese consejero por confrontación? ¿Será una especie de desobediencia civil? ¿Será una incitación a la violencia? ¿O será una legitimación de los asesinatos de ETA? Por desgracia, esa última posibilidad es la más fácil. Estamos en el periodo irracional donde los gobernantes de un territorio pueden legitimar a una banda terrorista y quizá han asumido ya ser sus portavoces. Estamos en un periodo anárquico donde el gobierno de la nación es amenazado por su intención de cumplir leyes y previsiones constitucionales. Estamos en un periodo tan falto de criterio, que se habla de pacto, pero para imponerlo. Ibarretxe no vendrá a La Moncloa a explorar posibilidades, sino a imponer su proyecto. Si ya era grave que anunciase un segundo referéndum si Zapatero no asume sus ideas, ahora es peor la alternativa de sus hombres de confianza: la confrontación. Estamos acostumbrados a las palabras altisonantes. Durante los últimos años hemos escuchado pocas invocaciones a la construcción del país, y hemos escuchado muchos avisos de ruptura y destrucción. Pero ahora quizá estemos iniciando un camino nuevo: el del chantaje. Porque seamos claros: decir «o hay voluntad de pacto, o habrá confrontación» es un chantaje. Y no sabemos si con pistoleros detrás.

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