Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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A MÍ la ley de la memoria no me reabre ninguna herida, no siento la guerra civil en esos términos. En la antigüedad se creía que ciertos actos y crímenes horrorosos manchaban de culpa hereditaria a las generaciones posteriores, como una maldición de la que no se podía escapar. Los católicos no creemos en tales supersticiones sobre átridas, que tanto impresionaron a los griegos. Acebes sí cree en ellas, y teme que las viejas heridas sangren ahora en los nietos y bisnietos de los protagonistas de aquella tragedia. Un temor infundado. He participado en la organización de algunos de los actos más importantes en León sobre estas reivindicaciones, como la primera exposición sobre Azaña y la repatriación de las cenizas de Gordón Ordás, las hice con políticos populares, sin problemas. ¿Quién sangró? Fueron homenajes noble y limpios. ¿A quiénes puede herir que restos sean sacados de cunetas, que se eliminen símbolos partidistas de las calles públicas, que se indemnice a quienes se despojó de propiedades y cargos? Aquella guerra no debe enorgullecernos, tampoco atemorizarnos. El pasado nos impregna, pero somos libres para crear nuestro hoy, no llevamos culpas tatuadas en los genes. Somos presente. Aquello pasó, pero quedan deudas. Y la memoria histórica es una justa reparación en términos humanos, económicos y políticos. Habrá argumentos que nos gusten más que otros, pero llevo interesándome por estas cuestiones desde hace años y nunca he captado en el PSOE un ápice de resentimiento o afán de venganza, al menos en sus portavoces autorizados, y considero justo recalcarlo. A la democracia ningún pesar humano debe serle ajeno, pues, más allá de las afinidades ideológicas, está el corazón, el gran derrotado en nuestras batallas, siempre exiliado.

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