PANORAMA
Enemigos
HACE pocos días, el presidente de la Generalidad de Cataluña afirmó que quienes están en contra de las dotaciones presupuestarias que les dedica el Estado son enemigos de Cataluña. Algunos miembros del Gobierno central acaban diciendo que la oposición, al critica sus decisiones, son enemigos de España, no son patriotas. Cuando un partido está en contra de las decisiones de un gobierno o de otro partido, no es un enemigo de ese país ni de la autonomía que representa. En todo caso, será enemigo de del partido o partidos que ostentan la responsabilidad en esa coyuntura. El concepto de enemigo, aplicado a una persona o a un país, se entiende que es contrario en una guerra. Puede igualmente aplicarse a un conjunto de personas o de países contrarios a otros en una guerra En sentidos más suaves, puede aplicarse el calificativo de enemigo a quien se muestra completamente diferente, o a quien no gusta de una cosa determinada. Pero no parece que en política se estén utilizando en estas acepciones suaves, más bien se acaba entendiendo como enemigos en un combate, en una lucha que no acabará hasta que uno derrote al otro. Siempre ha sido un recurso de mentalidades totalitarias considerar que quienes van contra el líder, el partido o el gobierno o sus decisiones, son enemigos del conjunto del país y, por lo tanto, deben ser acallados. Algunos todavía podrán recordar épocas del Generalísimo, en el segundo tercio del siglo pasado. Y si este planteamiento lo aplicamos a cada una de las comunidades autónomas españolas, el problema se multiplica. Porque las mentalidades nacionalistas acaban también calificando de enemigos a aquellos sectores de la sociedad que no comparten sus planteamientos de consolidar una nación propia con todas sus consecuencias. Y esto puede ser peligroso, sobre todo si existen minorías fundamentalistas que se sientan llamadas por su patria para combatir y eliminar a esos enemigos. Estamos más necesitados de entendimientos y de acuerdos que de confrontaciones. Estamos más necesitados de respeto que de imposiciones. Más de razonamientos que de emotividad.