TRIBUNA
Setenta años después con Amancio Prada
SEÑALABA el inmenso premio Cervantes y Príncipe de Asturias, el caraqueño Arturo Uslar Pietri, que «La tierra es para que los hombres guerreen sobre ella». Y aunque demasiadas veces esto tristemente se cumple, es decir, nuestro cambiante planeta se torna un campo de batalla donde estalla un odio sembrador de muerte y ruina bajo el envolvente manto de un enorme clamor, la tierra no ha sido hecha para tan innoble como abominable fin, tantas veces enmascarador de falsos patriotismos, negocios petrolíferos o crematísticos, que da igual, cuando no de una miserable búsqueda de gloria vecina con la inmortalidad so pretexto de sacar a los pueblos de las garras del tirano. Sin duda por aquí van las palabras de Uslar Pietri, tan comprometido siempre con la realidad que le tocó vivir. Y esa barbarie que es toda guerra, traspasadora siempre de la fachada de la memoria de los supervivientes, en su impía desmesura alcanza sin miramiento alguno a los niños, ajenos a la contienda fabricada por sus mayores, quebrándoles el cristal de su inocencia y otorgándoles una infancia oscurecida por el grito, el ruido aterrador de los bombardeos y otros variados espantos. En fin, este horror debido, remacho, a los adultos en el abstruso manejo de la sinrazón, es lo que ha provocado la dispersión de más de treinta mil de nuestros pequeños a raíz de la Guerra Civil por territorios extraños, donde fueron amorosamente acogidos en el seno de otras familias con las que crecieron sin poder olvidar nunca su tierra, sus padres, hermanos, los mismos abuelos llevándolos de la mano a la escuela, al parque, la plaza del pueblo, o siendo, sin más, contempladores atentos y gustosos de sus juegos de billarda, peonza , el limbo, las tabas o el escondeverite, o sencillamente narradores privilegiados del cuento con el que a diario entraban alegres en el sueño. Precisamente estos pequeños ángeles de la tragedia española, acogidos, por lo común, a la solidaridad de países como Méjico («los Niños de Morelia»), Bélgica, Reino Unido, Venezuela, Chile y Rusia, entonces URSS, tuvieron que abandonar a sus seres queridos embutidos en peligrosos, masificados e incómodos trenes, camiones o barcos , eso sí en la espera continuada de volver a escuchar y ver a sus seres queridos, algo que rara vez se produjo. Pues para ellos la vida casi nunca estuvo hecha de regresos en alternancia con despedidas, más bien sólo de estirados adioses. Esos niños cuyos ojos puebla un miedo inefable, como ocurre con los de la niña captada por la brillante cámara del fotógrafo Robert Kappa tras un bombardeo en Barcelona; esa niña, sí, de mirada tan atrapante como preocupante, elegida desde su elocuente silencio por Ángeles Caso para ser portada de su novela Un largo silencio, y retomada pocos años después por Alfredo Gómez Cerdá para la portada de Noche de alacranes , claro que ambas novelas comparten , además, la presencia medular de la posguerra española. Pues bien, tales niños a pesar de que crecieron, se hicieron mayores y bastantes de ellos alcanzaron una ancianidad larga en hogares lejos de sus familias biológicas ( algunos sin recuperarse nunca de las secuelas bélicas), han llevado siempre con ellos el cajón de sus recuerdos españoles abierto. En efecto, estos niños que vieron crecer la luna lejos de su país natal y tan tempranamente la vida les dispuso ser mayores y distraer sus heridas con la magia de las perseidas. Tan sólo distraerlas, pues, conforme he dicho sigue abierto el cajón de sus recuerdos españoles atravesados de continuo por el dolor y la añoranza, como comprueba día a día en la embajada española en Moscú el consejero de cultura Jorge de Orueta, y también ha podido hacer lo mismo estos días al alcance de la mano nuestro universal Amancio Prada. Pues con motivo del 70 aniversario del arribo de los «Niños de la Guerra» a la antigua URSS, la embajada española (decisivo Jorge de Orueta) les ofreció la fiesta de la dulce voz del cantautor berciano en Moscú y en San Petersburgo. Y bien, merece la pena detenernos en lo último. Pues los «Niños» -aún viven en Rusia más de doscientos- fueron muy felices en esta fiesta del corazón, tanto que por unas horas todos alcanzaron el paraíso. Lloraron, cierto, pero lloraron de alegría . Por eso estos singulares emigrantes perseguidos por la injusticia desde bien temprano pidieron, suplicaron más ración de Amancio. Y me consta que ya se proyecta para el próximo año una presencia más dilatada del cantautor de Dehesas que atraviesa el mundo con sus buenos amigos Rosalía de Castro, San Juan de la Cruz, Chicho Ferlosio, Antonio Pereira y Juan Carlos Mestre. Mas en esta palpitante fiesta del corazón no es menos cierto que el propio Amancio regresó a España muy tocado por la emoción. En consecuencia, volverá a la ciudad del río Moscova y a la del Neva y a cualquier otra que se determine con la rapidez del caballo alado de Mestre para obsequiar a los «Niños» con la magia de su voz e invitarlos a beber del manantial inagotable de su corazón. Entonces la bilbaína Josefina Iturriarán recibirá como regalo del artista para su 85 aniversario un hermoso poema de ella misma musicado, «Allí», donde «el ruiseñor que canta el sol caído» ya no estará solo, pues contará con un coro de canarios, sinsontes, oropéndolas y zorzales. Entonces el también vizcaíno Ángel Grandel, con sus 91 años al hombro para la ocasión, podrá sentir de nuevo «picotear su corazón republicano», como comenta Daniel Utrilla en su hermosa crónica, al gallo de la canción «Gallo negro, gallo rojo», y en el caso de Francisco Mansilla, así como en el del tan conocido «Niño» leonés de Orzonaga , con quien coincidí hace nueve años en el consulado en Moscú, y en el de los restantes podrán volver a coger de la mano a Amancio en un intento de retener a la España que les ha sido usurpada, pero que pese a todo y por encima de todo sigue anidando en su alma. Gracias, pues, a todos los que han intervenido en esta palpitante fiesta del corazón. Pues a partir de ahora seguro que nuestros «Niños» en Rusia cabalgan hacia la muerte con menos tristeza. ¡Ah!, la fiesta de 2008 será por todo lo alto. Amancio una vez más arrasará.