HISTORIAS DEL REINO
Sinvergüenzas
LAS MONJAS franciscanas del Buen Consejo de Astorga, fundadas por Teresa Rodón en el ya lejano año de 1896, llevan protegiendo bajo su amparo amable a los ancianos desamparados de sus familias y a los pobres, sin recursos más de un siglo. Durante años fueron pidiendo por los pueblos para alimentar a esos viejos que cuidaban generosas, que nada poseían, a los que la sociedad, siempre tan caritativa, despojaba hasta de la dignidad humana al llegar al ocaso de la vida. Gracias a ellas tuvieron cobijo, una mano amiga, una sonrisa, un gesto de amor aquellos que regalaron el corazón a los suyos, aquellos que sólo recibieron ingratitud y abandono cuando esperaban comprensión y cuidados. El pasado domingo, a eso de las nueve y media de la mañana, mientras las hermanas y los viejitos del geriátrico astorgano escuchaban misa en la capilla de la Casa Residencia, dos desalmados canallas, dos hijos de cien padres aunque ninguno bueno, dos sinvergüenzas, se introdujeron con sigilo en el despacho de la madre superiora para robarle los sobres con las pagas de los empleados externos. No revolvieron apenas nada, pues iban a tiro fijo y, con la misma desfachatez que entraron, salieron sin causar otro destrozo que llevarse el sueldo de buenos hombres y mujeres, de humillar a unas pobres monjas que, durante décadas, han entregado sus vidas a los desfavorecidos sin pedir nada a cambio. Que pregunten a los de Astorga, a los pueblos de sus alrededores, por el buen hacer generoso de estas mujeres de Dios. Eso es un ejemplo de caridad. Y ésta cruel muestra, el bofetón que reciben por sus desvelos. La vida es pendular. Probablemente estos dos vástagos de meretriz acaben sus días hermanados con una jeringa, soñando en colores metálicos o ahogados en sus propios vómitos, quién sabe. Tal vez ahora mismo se jacten de su hazaña entre risas en algún prostíbulo, bar de carreteras, discoteca de tercera o con sus coleguis mientras esnifan algo con los réditos de sus glorias bastardas. Que les vaya bien en el viaje a sus oscuras entrañas, que naveguen a gusto por su podrida alma. Quizás algún día llamen a las puertas de las mismas monjas a las que atracaron, pidiendo su protección. Sin duda ellas se las abrirían, aún sabiendo la calaña negra de éstos pues, como afirma el clásico, quien roba a un rico para dárselo a los pobres, es un héroe, quien atraca a los pobres es un bastardo. Otro gallo les hubiera cantado a estos dos sí, en lugar de en Astorga, hubiesen probado suerte en Bérgamo. Allí, un anciano de más de noventa años, Tito Bellini, ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial en África, garrota en mano detuvo a golpes de cacha en los lomos a dos choris que, con sendos cuchillos, quisieron atracar a los empleados de una sucursal bancaria. Mientras les intimidaban a gritos, Bellini desenfundó su bastón y se lió a mamporros con ellos. Me gusta la imagen del viejo sacando astillas de las carnes prietas de los macarras. ¿Proponemos a las autoridades competentes que, cuando la policía leonesa les enchirone, les dejen a solas con los ancianos? Seguro que, entre todos, aún les dan una buena tunda a los rapaces.