Diario de León

TRIBUNA

China y Estados Unidos, un amor forzado

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PEDRO BAÑOS BAJO
León

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EL PASADO día 6 de noviembre trascendió a la prensa internacional que el Secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, y su homólogo chino, Cao Gangshuan, habían llegado a un acuerdo, en Beijing, para que los responsables pertinentes de sus respectivas Fuerzas Armadas estuvieran conectados por una línea de comunicación permanente, conocida popularmente como hotline -línea caliente-. La medida, cuyos detalles más significativos obviamente se desconocen (entre qué mandos se va a establecer, cuándo estará operativa, etcétera), estaba enmarcada dentro de un programa más amplio, con temas tan jugosos a discutir como una mayor transparencia de China en sus inversiones armamentísticas. Aunque pueda sorprender a más de un observador que haga el análisis desde su atalaya europea, para muchos estudiosos asiáticos la Guerra Fría todavía no ha finalizado completamente en la amplia región de Asia-Pacífico. Los occidentales tendemos a pensar que el fin de la Guerra Fría, tras la caída del Muro de Berlín y la desmembración de la Unión Soviética, supuso el claro fracaso y la desaparición del comunismo en el mundo, olvidándonos de China y de otros países de menor entidad pero no menos relevancia, como puede ser Corea del Norte. Si bien China está procediendo a un claro proceso de transformación interna, no se debe olvidar que todos los pasos dados los hace dentro de una perspectiva muy particular, que no siempre sigue los parámetros occidentales. Así, su apertura política la construye dentro de su «democracia socialista» y su giro económico va encaminado a una «economía de mercado socialista». Por todo ello, siguen existiendo en esta zona del mundo, tan amplia como compleja e importante para garantizar la estabilidad mundial, unas enormes diferencias ideológicas, en algunos casos casi insalvables. Sin duda, estas notables diferencias de pensamiento se reflejan, en la forma de solventar las necesidades de cada uno y en cómo se pretenden resolver los choques de intereses que lógicamente se producen. No sería excesivo señalar que entre ese mundo occidental (encabezado por Estados Unidos y la UE, aun cuando sus aproximaciones a cuestiones estratégicas sean muchas veces tan dispares) y el asiático hay levantado un virtual «muro de bambú». Y una consecuencia clara de ese «muro de bambú» es precisamente el establecimiento de este nuevo teléfono rojo , por emplear la terminología de la Guerra Fría, y que hacía referencia a la línea establecida entre Moscú y Washington tras la crisis de los misiles de Cuba, en 1962, para evitar, en la medida de lo posible, un lanzamiento accidental de misiles nucleares que produjera la destrucción mutua. Pues bien, y aunque los medios oficiales tanto de Estados Unidos como de China hayan tratado de ofrecer este acuerdo como un paso más en las buenas relaciones entre las dos grandes potencias nucleares, lo cierto es que este evento coincide más con la definición de «amor forzado». Es decir, la verdadera necesidad que se satisface con un enlace directo como este es intentar evitar, como ya se ha indicado, la posibilidad, aunque sea remota, de un escenario nuclear, estableciéndose una serie de fórmulas urgentes de confirmación entre los que tienen la máxima responsabilidad en los procesos de activación de los misiles. Pero, para ello, es evidente que quien se encuentra al otro lado del teléfono es considerado como un potencial agresor. De otra forma, no tendría ningún sentido. Como ejemplo incluso más ilustrativo se puede poner el de Pakistán e India, ambas potencias nucleares, en una situación de equilibrio ciertamente frágil -y no sólo por el conflicto de Cachemira-, y que recientemente llegaron al mismo acuerdo, con líneas directas entre los máximos responsables de sus fuerzas nucleares. Lo que sin duda alguna fue motivado por su permanente situación de potencial enfrentamiento. No dudando nadie de que hasta ahora las armas nucleares han evitado una confrontación a gran escala, siempre son bienvenidos acuerdos de esta naturaleza por cuanto también minimizan el hipotético riesgo de un accidente nuclear provocado por un hacker informático, a pesar de las más que estrictas medidas de todo orden que se toman, ya que la seguridad completa es perseguible pero inalcanzable. Por otro lado, y a pesar de esas marcadas diferencias ya citadas, China y Estados Unidos parecen estar abocados a mantener ese «amor», por fingido e interesado que sea. Sin ignorar la pugna por la obtención de los recursos naturales (energéticos, minerales e incluso el agua) allí donde se encuentren, de la que estos dos países son principales actores protagonistas -no se debe olvidar el recientemente creado Africom (Mando para África) por los Estados Unidos, cuyo evidente objetivo estratégico es compensar la presencia cada vez mayor de China en todo el continente africano-, las relaciones entre ambas naciones son más estrechas de lo que a priori podría pensarse. Si Adam Smith estaba en lo cierto cuando decía que las relaciones comerciales harían muy improbable el conflicto entre las naciones, las de China y Estados Unidos. pasan por un romance apasionado. Por poner sólo unos pocos ejemplos, las principales empresas extranjeras asentadas en China son norteamericanas, y de las consideradas como las cien empresas más importantes existentes en territorio chino, tanto en tamaño como en calidad de sus productos, la gran mayoría son de capital norteamericano. Ahondando incluso más, la solución a la situación de Corea del Norte, e incluso de Taiwán, pasa por un decidido entendimiento entre China y los Estados Unidos. Sin duda, y en beneficio de todos, China y Estados Unidos, a pesar de sus diferencias, están forzadas a «amarse».

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