EN EL FILO
Las leyes, la educación y el desamor
YA SON setenta las mujeres que han sido asesinadas este año por falta de amor y el exceso de odio de sus parejas. La Ley contra la Violencia de Género apenas funciona, no disuade ni previene la conversión de los amores pasados en crímenes del presente. Muy diferente ha sido el destino de la nueva Ley del Divorcio; sin duda ha constituido uno de los éxitos más rotundos de la actual legislatura. En el último años se rompieron unos ciento cincuenta mil matrimonios, en una tendencia alcista que hará que en un par de años haya más rupturas que nuevos enlaces. Inevitable concluir que vivimos malos tiempos para el amor y que las leyes que lo abordan muestran resultados asimétricos. No funcionan para evitar la violencia, pero se han convertido en autopistas hacia la ruptura cuando se trata de su disolución. Caminamos insoslayablemente hacia un país de nichos amorosos precarios, de pasiones cada vez más fugaces; no exentas de la cuota de violencia de quienes no controlan sus impulsos ni atienden el espíritu de las leyes. Quizás haga falta una Ley de Fomento del Amor que ensalce y reconozca la ejemplaridad amorosa, la fidelidad al otro único e irrepetible compañero del fugaz viaje de la vida, la constancia en la solidaridad incondicionada, la economía del amor frente al cálculo y el temor, la prórroga cotidiana de la felicidad posible en este mundo. O tal vez sea necesario instaurar en la enseñanza, como asignatura troncal e intercíclica, una Educación para el Amor, el saber vivir aquí sin derrotas ni fracasos del vuelo. Se podría poner como libro de texto referencial el Uno no se cansa de Amar, de Charles Ronsac, la más bella carta de amor escrita en los últimos años, dirigida por un escritor maduro a su esposa enferma. Contribuiría a ennoblecer a nuestros estudiantes y a las parejas en flor, que están necesitadas de referentes de verdad y no de la actual telebasura, nide la vacuidad de los contraejemplos mediáticos. Hoy la juventud carece de referentes fuertes, de historias amorosas ejemplares, de prototipos y modelos de vidas personales por encima de la mediocridad, la hipocresía convencional y el oportunismo destructivo. Por ello la frustración de las vidas vacías deriva en unos casos en ciega violencia y en otros a la fugacidad itinerante en la búsqueda del huir de la nada. Pero los padres de la sociedad parece que han renunciado a sus responsabilidades; enfrascados en sus justas electorales se dejan llevar por las apariencias, por el corto plazo, por el aquí te pillo y aquí me votas, por la barra libre para toda degradación; por la complicidad en lo aparente y la inanidad garantizada. Y que ante las ruinas del ser, se presentan como inútiles apagafuegos con legislación convencionalmente represiva y a destiempo. Sálvese quien pueda, huyan de la quema, el amor queda para quien lo trabaje. Lástima de los que no tienen capital familiar, relacional y amoroso que los ampare; ellos será los condenados de este mediocre transitar.