AL TRAZLUZ
Con esperanza
EN SU ÚLTIMA pastoral, el obispo de San Sebastián ha hecho una reflexión crítica sobre los medios de comunicación de la Iglesia, sin citar nombres. Según monseñor Uriarte, quien actuó de mediador entre ETA y el Gobierno de Aznar, los mensajes desesperanzadores de ciertos comunicadores son contrarios a la concepción cristiana de la confianza. Tiene razón, aunque también un sector del clero estructura sus reflexiones con el discurso del catastrofismo, allí donde debería prevalecer el no tengáis miedo, tan querido por Juan Pablo II, compatible con la discrepancia. Su crítica no la hace extensible a todos los profesionales de esos medios, en los que hay excelentes periodistas: «No se puede escamotear el servicio a la verdad (¿) pero si por motivos comerciales o de servidumbre ideológica se describen y se comentan de manera reiterada y duramente sesgada los aspectos sombríos de la realidad, el ánimo de los ciudadanos se encoge y, lejos de sentirse estimulados, puede irse hundiendo en el derrotismo pasivo». Hay un optimismo tramposo, mantenedor de espejismos, servil con el poder y que niega las injusticias, pero también existe un pesimismo hinchado, para el que cada día se hunde un Titanic que nadie más ve. Ni una ni otra forma de distorsión interesada tienen algo que ver con lo cristiano, pero tampoco con la objetividad periodística. A los políticos, monseñor Uriarte les pide que huyan de la «descalificación sistemática al adversario y realicen el máximo servicio con la mínima voluntad de protagonismo». Algunos hacen de lo negativo un manierismo, su rutina del caos. Y desgraciadamente toda esa verborrea tiene un efecto crispante sobre la sociedad, por identificación o por rechazo. Pero la esperanza no es ingenuidad. ¿Adónde podríamos ir sin ella?