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CÉSAR A. DE LOS RÍOS
León

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A LA HORA de hacer el balance de la legislatura, aprobados los Presupuestos del Estado y dispuestos los equipos de los partidos para la batalla electoral, lo que más llama la atención es la disolución, como problema, de las negociaciones del Gobierno y ETA. La maquinaria propagandística de los socialistas ha conseguido que cualquier alusión a las relaciones de Zapatero con Otegi, a la legalización de Acción Nacionalista Vasca y el Partido Comunista de las Tierras vacas, y al proyecto de anexión de Navarra a Euskal Herría deba ser interpretada en esos momentos como una provocación. Para los socialistas no debe contar el hecho de que más de media legislatura haya estado dedicada a lo que fue presentado como »diálogo« con los terroristas, después »contactos« y finalmente »negociaciones. Es verdad que en ningún momento Zapatero ha renunciado en términos públicos y solemnes a unas nuevas negociaciones e, incluso, ha insinuado con retomarlas, en el caso de que gane las elecciones, pero el hecho es que el debate estará ausente en la campaña. Este Rodríguez Zapatero que reclama memoria para hechos que ocurrieron hace tres cuartos de siglo consigue pasar la página en relación con la actualidad. Todavía en la última sesión del Congreso fue abucheado el portavoz del PP por haber aludido a las negociaciones con ETA. No sería justo, sin embargo, absolver al Partido Popular ante esta situación. El líder de la oposición fue dando oxígeno al Gobierno en cuanto ese insinuaba cualquier tipo de rectificación. ¿Qué ciudadano no sabía que José Luis Rodríguez Zapatero volvería a engañar una vez más a Mariano Rajoy? Pero especialmente escandaloso iba a ser el proceso del estatuto catalán. Después de haber anunciado sin equívocos una política territorial superadora del régimen autonómico, el PP entró en el juego. En primer lugar al aceptar el debate sobre el estatuto cuando el hecho era inconstitucional en sí mismo y, posteriormente, al aceptar la renovación de los estatutos valenciano y andaluz. Las negociaciones con ETA no eran sino la búsqueda de una situación de ventaja del PSOE a la hora de aprobar el nuevo estatuto vasco. Es decir, el salto a la autodeterminación. La asignatura queda pendiente para la próxima legislatura. Tienen razón los que entienden una victoria del Partido Socialista como la culminación de la que acaba de cerrarse. El problema se planteará en cuanto sepamos quién es capaz de formar gobierno con los nacionalistas vascos y catalanes.

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