TRIBUNA
El gol de Pardeza
ESTA NOTICIA no está destinada a la sección deportiva de un medio escrito o audiovisual. En realidad, ya no es noticia al haber perdido la palpitación de la actualidad, aunque ha entrado en la historia del periodismo. El gol de Miguel Pardeza, como aquellos cinco marcados cuando vestía la camiseta del Zaragoza, no figura en su glorioso palmarés deportivo, porque no se trata de uno de esos certeros disparos a puerta y, tampoco de una verónica, acontecimientos que surgen y mueren en un instante. Este es un gol marcado en la portería de los historiadores del periodismo y de los antólogos, que puede visionarse en las bibliotecas. Un gol como para poner en pie a los ocupantes de gradas y tribunas...del periodismo. Pardeza ha reunido en cuatro volúmenes la Obra Periodística de César González-Ruano. A César le importaba mucho la posteridad de su obra y de su nombre. Se pasó la vida edificándola. De ahí el laborioso memorialismo de Mi medio siglo se confiesa a medias, Diario Íntimo, Mis casas y la resuelta voluntad de singularizar sus entrevistas de Arriba con referencias personales. También en sus artículos empleó-cierto que con singular atractivo periodístico-temas del cotidiano vivir, de tal modo que los síntomas de sus enfermedades fueron recurrentes en infinidad de artículos. De la tos, la fiebre, el insomnio, los mareos matinales y otros padecimientos del hombre enfermo, obtuvo mucho fruto literario y las pesetas necesarias para comprar lo innecesario que tanto le fascinaba. Hasta la última columna, dictada desde el lecho de muerte, es una muestra más de su obstinación autobiográfica: «Voy creyendo firmemente que todo reside en la costumbre. Y que, muchas veces la muerte puede consistir en ir perdiendo la costumbre de vivir». Con la elaboración de la posteridad no se consigue más que mantener una utopía mientras el artista respira en el mundo y él mismo la sustentaba. De todos modos, es inevitable que la estela de los grandes ingenios que influyeron en el pensamiento de su tiempo, desaparezca también bajo la tormenta de arena del desierto. César González-Ruano que vivió apasionadamente su condición de escritor, hizo muchas cosas para consolidar su posteridad: hasta compuso la frase para ser pronunciada un momento antes de su muerte y el texto lapidario de su tumba, pero ambos apotegmas no cumplieron sus propósitos de trascendencia. La posteridad no está escrita en el destino del hombre, sino dirigida por el azar y no sirve de nada manipularla. César González-Ruano probó inútilmente todas las combinaciones posibles a su alcance para cautivarla. Le faltaron poderes mágicos para saber, en su preagónico diciembre de 1965, que en La Palma del Condado (Huelva) había emergido a la luz, nueve meses antes, el ser que iba a activar su ansiada posteridad. A César le habría resultado incomprensible que su fama póstuma iba a depender de un futbolista, él que había vivido de espaldas al fútbol y probablemente, entre sus miles de artículos publicados, no podría encontrarse ni uno solo dedicado a ese deporte. El futbolista se llama Miguel Pardeza, un universitario, licenciado en Filología Hispánica, rara avis entre deportistas del fútbol. Miguel Pardeza, pertenece a la llamada Quinta del Buitre; jugó en el Real Madrid; posteriormente daría tardes de gloria al Real Zaragoza; cinco veces seleccionado para encuentros internacionales; al retirarse de la actividad deportiva desempeña responsabilidades directivas en su equipo aragonés y publica una columna de opinión sobre el fútbol. El «gol» marcado por Miguel Pardeza a los medios del periodismo, es decir, al profesorado universitario, a los investigadores, estudiosos de la Prensa y a los licenciados, ha sido lanzado con la fuerza editorial equivalente a cuatro robustos volúmenes, cuatro mil páginas, en las que César González-Ruano, resume-1925-1965-cuatro décadas de observador de la realidad que incluye «primores de lo vulgar» que él había visto primero. Un periodismo humanista, literario, que sin haber dado una noticia, ha trazado como en un gran mural, el panorama de la España del siglo pasado. Miguel Pardeza no se ha limitado a reunir un número determinado de artículos de César González-Ruano; su actuación se abre a la antología, en la que un criterio subliminal le lleva a conformar toda una biografía. Cuando mister Balfour afirma que «las biografías las deberían escribir los enemigos inteligentes de los biografiados» no dice más que una media verdad, al no tener en cuenta que es en la obra del escritor estudiado donde se encuentra la sustancia de su vida. Es sabido que el escritor, creador de mundos, en cuyas páginas bullen personajes heteróclitos, deposita siempre, en el fondo de sus páginas, la huella autobiográfica, extraíble para componer su biografía. Por lo cual «monta tanto» el biógrafo como el antólogo. Pardeza ha incluido, además, un estudio biográfico bien informado, hasta con notas bibliográficas puntuales, escrito probablemente como tesis para su licenciatura universitaria. Al hecho imprevisible ya referido, en que un deportista rescata la obra de un maestro del periodismo, se une otra circunstancia del mismo modo peregrina. Me refiero a que la Obra Periodística de César González-Ruano, un ser que ha vivido en la más disparatada imprevisión, haya tenido la fortuna póstuma de ser editada por la Fundación Cultural Mapfre Vida, empresa de seguros. Y todavía, a modo de colofón, cabe señalar el hecho también sorprendente de que el Ayuntamiento de Madrid, al dedicar una calle con el nombre de César González-Ruano haya elegido una travesía en las proximidades del Tanatorio de la M-30, cuando es sabido que César ha sido un maestro de elegías, de adioses, de artículos necrológicos. Él mismo había proclamado lo bien que se le daban los muertos. Pardeza ha recogido en un volumen de seiscientas páginas cuarenta años de necrologías dispersas, escritas con inmensa generosidad: un panorama de la muerte que comprende las despedidas a los grandes nombres españoles y de la Europa de entreguerras, sin olvidar a sus amigos los poetas pobres, ni a los artistas que se quedaron al borde del camino. Estos cuatro volúmenes de artículos reunidos por Miguel Pardeza pueden ser el monumento que Madrid le debe a uno de sus hijos que con más gentileza la ha cantado en estrofas de percal. Podría ser también un sillón protesta, el que no llegó a ocupar en la Real Academia Española y que tanto le hubiera aliviado, «con lo mal que se está de pie».