Diario de León

LA ASPILLERA

La voz de los «sin jefe»

Publicado por
VICENTE PUEYO
León

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« LA PAPELETA del sufragio no libera al analfabeto de su ignorancia, ni hace libre al que está formado y conformado para la esclavitud. Contra ese flagelo es contra el que hay que apuntar con todas las armas de la educación y de la conducta...» . Qué nos ha pasado que ya no aparecen gentes de inteligencia tan generosa y limpia como Diego Abad de Santillán, Sinesio para los de Reyero que le vio nacer. Gentes que defendieron a capa y espada su heroica honradez intelectual y su insobornable «anhelo humanista» en una época convulsa. Eran los an-arkho, los «sin jefe», los anarquistas fetén. Libres, esencialmente libres, y utópicos: «¿Utopía es querer algo más de lo que hay? Bueno, que nos llamen utópicos» apuntaba, con su lucidez intacta, el mismo Santillán en una entrevista realizada en marzo de 1976, poco después de su regreso a España. ¿Qué diría, qué pensaría alguien como este preclaro paisano de Reyero al contemplar esta nueva anarquía cachonda en la que hemos conseguido convertir esta nación de naciones? Para quien defendía que el socialismo «es liberación y dignificación del hombre o no es más que una máscara engañosa» resultaría sin duda insoportable un paisaje político como el actual con los supuestamente mejores de la tribu convertidos en charlatanes de feria: «... Ni 100, ni 200, ni 300... ¡400 euros!». Y tampoco entendería, seguro que no, ese afán enfermizo, opresivo, del Estado de controlarlo absolutamente todo. (Aunque probablemente quienes hoy nos «miman» y vigilan desde ese novedoso otero de absolutismo amable no se han percatado de que se está cimentando una creciente impermeabilidad de la ciudadanía, al menos de la más despierta, a los mensajes inanes; un alejamiento progresivo -que quizá se aprecie al contabilizar la abstención- entre las políticas miopes y sin capacidad para la ilusión y ese amplio colectivo de quienes no reniegan a ser individuos conscientes). «No pidamos al Estado lo que podamos hacer nosotros mismos, solos o asociados; no sacrifiquemos la libertad por la seguridad» , decía también Santillán al criticar ese endiosamiento del Estado que se ha olvidado, -quizá ofuscado en la urgencia de encontrar artículos para la tómbola- de fomentar la solidaridad entre personas y entre territorios, de ejercer la autoridad (que no tiene nada que ver con autoritarismo) señalando con claridad los límites del juego, de dar contenido real y profundo a la democracia que es fundamentalmente justicia y equidad o no es nada más que una palabra vacía. Democracia no es comprar votos al peso (qué fácil es disparar con pólvora del Rey), ni entrar en pugilatos sobre quién quita más im puestos, ni mirar para otro lado cuando en la calle se hace política barata de las decisiones judiciales, ni asistir impunente al cotidiano incumplimiento de la ley, ni sobrevolar alegremente por el creciente caos lingüístico y educativo de un país (o lo que sea) que parece condenado a desentenderse... Harían bien nuestros líderes patrios en hojear el libro del que se han extraído las frases que jalonan este artículo ( Estrategia y Táctica , 1970) porque, salvando distancias, tiempos e ideologías, allí arde el fuego inextinguible de la honradez, la confianza en el individuo, en el hombre, y por extensión en la humanidad.

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