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ANTONIO PAPELL
León

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LA IRRUPCIÓN brutal de ETA el último día de la campaña electoral no es -ya se ha dicho- un incidente político que pueda mediatizar nuestra decisión colectiva de hoy pero sí es un referente externo que nos obliga -por imperativo moral- a hacer recapitulación y recuento de nuestras propias posiciones y a ratificar de forma más o menos explícita valores y principios que, aunque permanentes, pueden haberse diluido en el magma de la rutina diaria. La agresión que hemos padecido todos los ciudadanos de buena voluntad de este país y que nos ha obligado a reafirmar nuestras convicciones pluralistas con un terrible drama sobre la mesa no puede ser un elemento extraño al pronunciamiento de hoy, que sin duda incluye, en los entresijos complejos del voto, un conjunto de vectores que apuntan hacia direcciones concretas. Primeramente, el mazazo a la convivencia que han propinado los terroristas con la complicidad evidente de los fanáticos que secundan políticamente a ETA lanza como es lógico una invocación angustiada a la unidad de los demócratas. Fue lamentablemente evidente que ni siquiera el asesinato brutal y a sangre fría de un inocente es capaz de engendrar una coincidencia plena, sincera y sin recámara. Parecería que ETA ha sembrado tanto odio que hay que extirparlo de las propias circulaciones sociales. Pero esta invocación a la unidad, que ha de partir de estos elementos subjetivos que se relacionan con la defensa de la democracia y de la vida, debe extenderse asimismo -así se intuye de la actitud de la sociedad civil- a otros ,ámbitos en que los disensos han sido excesivos y demasiado profundos. El pluralismo y la diversidad en todos los órdenes son enriquecedores, pero cuando se vuelven sistemáticos y enconados, pueden acabar degradando la convivencia democrática. Y estamos a un paso de ello, por lo que resulta urgente recomponer, si no consensos plenos que ahora podrían parecer forzados, sí escenarios de encuentro y debate de los que puedan desprenderse convergencias y aproximaciones de todo punto necesarias. En concreto, son muy pertinentes las llamadas que está haciendo la sociedad civil -Claudio Boada, presidente del Círculo de Empresarios, en un reciente y resonante artículo por ejemplo- para emprender todos juntos un acción concertada en pro de la conquista de la productividad, ahora que el ciclo económico acaba de agotarse y que hay que optar por un nuevo modelo de crecimiento. En segundo lugar, cabe quizá un punto de reflexión sobre el tiempo que acabamos de vivir, en que la política se ha convertido en el argumento de una monumental bronca que ha durado cuatro años, en los cuales se han lanzado mentiras como puños, intoxicaciones sin cuento, agravios difícilmente justificables, y en los que hemos permitido que el hermoso concepto del parlamentarismo -la solución de los conflictos mediante la palabra- decayese a un rango barriobajero y tabernario. El espectáculo lo hemos visto todos, y todos también tenemos sin duda un pobre concepto de lo sucedido y la conciencia de que esto no puede volver a repetirse. En cualquier caso, conviene que los políticos sepan que esta vez muchos electores ejercemos cívicamente nuestro derecho al voto con la nariz tapada y procurando el mal menor, muy desencantados con una clase política que, en general, no ha estado a la altura de la sociedad que la cobija y la mantiene. Gane quien gane las elecciones de hoy, es manifiesto que este país necesita recuperar, sin papanatismos ni concesiones a los tópicos, una calidad democrática que repare desperfectos muy notorios del sistema institucional. No es tolerable la degradación hacia la que se han deslizado el Tribunal Constitucional y, en otra escala, el Consejo General del Poder Judicial, ambos abrumados por las presiones políticas y -por qué no decirlo- por la debilidad de sus propios titulares. Y tampoco lo es que se avance en algunas cuestiones, como la redefinición de la estructura territorial del Estado español, con una frivolidad que acaba amenazando la estabilidad del conjunto. Esta convergencia en asuntos vitales ya no puede ser siquiera materia opinable y no parece que el terrible drama del viernes pueda desfigurar esta vez el sentido del voto. Las urnas registrarán sólo la voluntad general. Ni más ni menos.

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