Diario de León
Publicado por
PANCHO PURROY
León

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SEGÚN los antropólogos, la preocupación ritual por los restos mortales indica que el hombre alcanza categoría de ser intelectual por encima de gorilas y orangutanes. Voltaire, poeta del láudano y la absenta, ya especulaba con que los humanos somos las únicas criaturas que sabemos que vamos a morir. Invadido de morbo tras el jocoso entierro de la sardina -quizás pescadilla, según un cronista del carnaval- en La Bañeza, he rastreado los estilos literarios de esquelas y noticias necrológicas, terreno resbaladizo repleto de incongruencias y eufemismos. Primera sorpresa: todo el mundo muere en paz, aunque sea a tiros en la guerra contra los talibanes de Afganistán, acuchillado por el cónyuge o atropellado por el buga de un gilipollas en un paso de cebra. Nunca se habla mal de los fallecidos a corto plazo, idealizados en testigos de bondad, reservando el ponerlos a parir cuando pase un plazo, a veces muy corto, en el instante que los deudos conocen el testamento del finado. Las rudas frases orales de estiró la pata, la espichó, ya se fue a criar gusanos o malvas, el muerto al hoyo y el vivo al bollo o se quedó más tieso que la mojama, mutan a expresiones azucaradas en los textos fúnebres: entregó su alma al señor en olor de santidad, dejó este mundo acompañado del amor de la familia y los allegados, o abrió la puerta del paraíso de las huríes. Con la moda del desparrame de las cenizas, tras incineración, se repiten momentos curiosos. La demanda de echarlas en el campo de fútbol de Old Traford, por hinchas del Manchester United, ha obligado al club a exigir solo unas motas de ceniza, so pena de machacar al césped. Las funerarias de Galicia venden gafas especiales para los amigos de quienes exigen caer al Atlántico en el cabo de Finisterre: el constante vendaval del oeste provoca el espolvoreo facial de los dolientes por el polvo ceniciento del finado, incapaz de llegar al piélago. Hay ecologistas que piden la oferta de su cadáver a los buitres.

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