EN EL FILO
Un día histórico: 10 de marzo
EL DÍA histórico, el que marcará una nueva era, no será el 9 de marzo, sino, por fuerza, el 10 y siguientes, cuando se fraguarán los pactos que desembocarán en la investidura del presidente, en la formación del nuevo gobierno y en cómo dirigirá nuestros destinos ese nuevo gobierno, para el que se han ofrecido ya 'socios' de otros partidos. Ya sabemos que los españoles, en las sacrosantas encuestas, se manifestaron más favorables a algún tipo de gran acuerdo entre los dos principales partidos nacionales, PSOE y PP, que a cualquier tipo de entente con formaciones nacionalistas o minoritarias, aunque cierto es que los votantes socialistas se decantan más por un acuerdo de gobierno con Izquierda Unida (Llamazares ya ha hecho saber que él quiere ser ministro) que por cualquier forma de encuentro con los populares. Así están las cosas y, ahora, el vencedor va a tener que decidirse por una de las opciones que tiene ante la mesa. Claro que aún faltan muchos datos. Como qué va a ocurrir en las filas del perdedor, por ejemplo. ¿Habrá dimisiones, movidas, lucha por el poder? ¿O se producirá un proceso ordenado de reflexión de los errores que han llevado a una derrota casi anunciada y se inciará una paulatina renovación? Y, en el campo vencedor, ¿se tenderá generosamente la mano al principal vencido, reconociendo que muchas de sus soluciones eran válidas? Está claro que no estoy hablando de una fórmula de gran coalición a la alemana entre socialistas y conservadores. Creo que, hoy por hoy, eso no es fácil, ni sería comprendido acaso por una buena parte de los ciudadanos, y menos por los sectores más radicales de los dos grandes partidos, para no hablar de los nacionalistas y de las formaciones «menores», como IU o la Unión de Rosa Díez, que, muy justamente, han protestado porque este país, dicen, no es bipartidista. Pero sí hablo de un acuerdo de legislatura entre socialistas y populares, con límite temático y temporal. Ni la reforma constitucional necesaria, ni la de la normativa electoral imprescindible, ni la ofensiva precisa en política exterior, económica, de inmigración y de regeneración de las instituciones, puede ser algo que emprenda en solitario el ganador. Ni puede tampoco resolver la mayor parte de estas cuestiones mediante una simple alianza de izquierda o con los nacionalistas catalanes (con los vascos, de momento, parece más difícil). El ganador en las urnas, que tanto ha proclamado su buen talante, tiene ante sí unos retos tan enormes -desde la consulta de Ibarretxe para octubre a la crisis económica, pasando por la sentencia sobre la constitucionalidad del Estatut catalán o por la relativa soledad internacional en la que ahora nos hallamos- que no le van a permitir dejarse llevar por la prepotencia ni un solo segundo. No hay casi ni tiempo para la borrachera de poder que da la victoria, porque hay enormes cuestiones pendientes. máticas acechaban. Ignoro, a estas alturas, si el pésimo entendimiento mutuo que han mostrado, a lo largo de cuatro años, Zapatero y Rajoy impedirá que al acuerdo entre los dos partidos se complete porque lo dificulten cuestiones personales. Pero ese pretexto sería, simplemente, intolerable.