EN EL FILO
Todos dicen «mu»
SE ESTÁ negociando quienes se sentarán en torno a las dos mesas parlamentarias, del Congreso y del Senado, y la moneda de cambio es el socialista José Bono, a quien los nacionalismos miran con recelo. Junto a las sillas se negocia también el voto a la investidura de Zapatero, con el PNV muy predispuesto a apoyar al presidente ahora en funciones, y CiU haciéndose valer un poco más. El PSOE disfrutará en la sesión de investidura de suficiente liquidez en escaños para que ZP pueda iniciar su segundo mandato. Ningún socialista duda de los votos favorables del PNV, aún no confirmados, ni del BNGa. (El portavoz peneuvista Erkoreka insiste en calificar a Bono de cabestro, para liberar su escozor, y Bono responde que no va a decir ni «mu», conocida onomatopeya del mugido). La negociación verdaderamente política aún no se ha iniciado, pues la composición de las mesas viene ser reflejo más bien fiel de la aritmética parlamentaria, y la moneda Bono, si algo vale, que tal vez valga mucho, no llega más allá que una secretaría generosa para CiU en el Senado, además de la del Congreso, y una en el Congreso para el PNV. Bono tiene garantizada la presidencia de la cámara baja, que lleva aparejada la de Las Cortes. Más compleja, aunque no mucho más, es la negociación para la investidura, pues ahí ya salen a relucir asuntos políticos y antiguos resentimientos, de los que CiU se sentiría sobrada, por las frustraciones políticas de Artur Mas. Aunque CiU no llegue con Zapatero a ningún pacto estable de legislatura, su abstención en las votaciones del Congreso garantizaría ya la mayoría absoluta al Gobierno. De esta coalición nacionalista sólo espera La Moncloa los apoyos circunstanciales a la gobernabilidad que siempre ha ofrecido CiU. A cambio lógicamente de algo, eso sí. Pero del PNV espera ZP una línea inagotable de crédito parlamentario, lo que tendría repercusión positiva en la política vasca. Pero una política vasca soberanista tendría repercusión negativa en las relaciones legislativas del grupo nacionalista con el Gobierno. En cada una de las dos fuerzas nacionalistas, CiU y PNV, hay una persona que entorpece un entendimiento estable con Zapatero. Los resentimientos de Mas, en quien ZP habría alentado ilusiones pronto zozobradas a la Generalitat, pesan menos que la oposición de Montilla, líder del socialismo catalán y president de la Generalitat, a que el Gobierno central se apoye en la fuerza que en Cataluña se opone a él. Y Montilla habla con más de dos docenas de diputados catalanes en la mano. Lo del PNV es distinto. Tan distinto es lo del PNV que está volviendo a conjugar simultáneamente sus dos sentimientos, el radical/soberanista que simboliza Ibarretxe, y el transversal que tiende a aliarse con el PSOE, como ha sucedido durante años, creando una especie de tradición. Y aquí la dificultad para un pacto de legislatura no procede del propio PNV sino de la incongruencia que supondría una alianza estable de Zapatero con un partido que siguiera hablando de convocar un referéndum de autodeterminación. Todo indica, sin embargo, que eso de la consulta va a irse diluyendo en la dialéctica de un gran acuerdo por todo lo alto.